Recién instalada la sombrilla y desplegadas las dos hamacas, frente al mar, me desplacé al chiringuito para beber una cerveza bien fría y así menguar el calor de mi cuerpo, al regreso, mi esposa discutía con nuestro hijo, el motivo era su insistencia para tomar el baño. Para aliviar su antojo y enojo decidí entretenerle cerca de la orilla, con la pala cavé un pequeño canal para recibir la llegada de cualquier ola espumosa. Una de ellas, dejó a un cangrejo desenfadado que intentaba regresar como cualquier toro enloquecido a su cuadra, con el índice le empujé hasta que regresó al mar tal cual un surfista de elite, tuve que sacudirle de mi dedo índice para que despegase sus pinzas puntiagudas.
—¡Papi, te ha mordido! ¡Mátalo! Písalo —Gritó mi hijo con intención de darle captura.
—¿Qué dices? Es muy pequeñito —le respondí sintiendo el dolor subía por mi mano como si fuese un corredor de triatlón.
Mi dedo comenzó a cambiar de color y tamaño, del rojo al morado.
Con disimulo, me aproximé a donde estaba la posta sanitaria y le dije a la joven que atendía a los bañistas:
—Por favor, deme algo, se me está hinchando el dedo…
Le mostré la mueca del dichoso cangrejo hundida en mi piel.
—… Te agradecería cualquier calmante, algo que me sosegara.
—¿Esta usted llorando?
—Es por la emoción, duele que te cagas.
