LLORENS BUSTOS

HISTORIAS QUE VUELAN A TU ALREDEDOR

lunes, 23 de febrero de 2026

84. Instinto preventivo

 



 


 

 

Desde el mostrador, uno de los empleados, observa con ojo avizor al joven que insistentemente menea una de las hojas de la puerta corredera de la entrada principal. Suspicaz, atiende al cliente de turno y después mira el monitor de las cámaras de seguridad, ofrecen la imagen ampliada del sospechoso, no identificable por llevar puestas las gafas de sol y una gorra encasquetada a ras de oreja. En eso una anciana repiquetea con la tarjeta bancaria en el mostrador. El banquero la ningunea y descubre que el joven de la puerta mantiene una bolsa negra que pende sobre el hombro. Agudiza la mirada. No recuerda que sea usuario de la entidad y eso le hace evocar el último atraco perpetrado. Su instinto hace que avise a la policía que acude de inmediato. Apenas termina la gestión con la anciana, descubre que los agentes inician una discusión con el sospechoso mientras le cachean manteniéndole con las manos en alto y apoyadas sobre el cajero automático.

Suena su teléfono móvil, tras comprobar que es de su compañero del mostrador y que ha salido a tomar un café, lo atiende con desgana:

—¿Dime Eliseo…?

—Perdona Julio, se me olvidó decirte, que he avisado a los de mantenimiento, la puerta principal hace cosas raras y no cierra bien. Me han dicho que mandaran a un tal Leandro Rodríguez, es nuevo en la empresa y seguro que no le conoces. He vistió un coche patrulla pasar a toda leche… y me ha venido a la memoria.

 

 

domingo, 4 de enero de 2026

83. Pubertad, divino tesoro

 




 

El cambio de mi madre ahora es radical, la noche anterior, discutimos por culpa de mi acné, ya no me mira, ni habla igual. Temprano nos encontramos en el comedor, se dirige a la cocina para preparar los desayunos, yo al aseo para el menester diario. Según ella: “a darle a la zambomba”.

Intento buscar su mirada meneando los cereales con leche. Recojo la mesa para sonsacarle algún suspiro y así llegar a la paz que necesitamos, antes de irme a la playa con la paga semanal que me entrega cada domingo. Esta vez, nada. Cuando atrapo con remilgo el pomo de la puerta para salir de casa, desde la otra punta del pasillo, en posición erguida y mostrándome su monedero, a modo de cualquier cura, el hisopo, lanza su ultimátum:

—O me dejas que te reviente ese grano… o te vas a la calle sin un euro…

Me mira la tez y sonríe con resorte.

Regreso a ella como un reo al patíbulo, quizás el haber cumplido los catorce, hace que quizás haya incrementado la paga y valga la pena reventar mi grano volcánico. 

 

sábado, 27 de diciembre de 2025

82. La levedad del ritual




 

La turbulenta ansiedad me atizaba desde que recibí un wasap indicando que la dependienta de la franquicia textil había aceptado mi cita ante la festividad de San Juan, tras su jornada laboral. Quedaba soltarle lo que yo sentía por ella y envolverla de matices románticos que tenia percibidos desde mi adolescencia. La descubrí despidiéndose de una cliente a través de los maniquís del escaparate y aguardé montado en mi ciclomotor scooter. Tras subir en el asiento trasero, sugirió ir a la playa para pedir un deseo, tras saltar el fuego, para ello, me indicó la ubicación exacta y, antes de que pisásemos la arena, se interesó sucinta, tras confirmar la hoguera a la que seguramente acudiría:

—¿Sabes algo de las tradiciones? —me preguntó.

—Algunos optan por escribir un deseo en un papel para quemarlo en cualquiera de esas hogueras, lo escuché decir a mis amigos.

Miramos las distintas columnas de humo que manchaban el cielo azul, al no existir ni una pizca de viento el aquel ocaso veraniego.

—¡Mi deseo se ha cumplido! —justificó ella y levantó al brazo para saludar a un chico que la imitaba a lo lejos, con saltos de saltamontes—. Es Ignacio, me está esperando en aquel chiringuito. ¡Gracias!

Se marchó aprisa, misma que yo presioné el papelillo guardado en mi bolsillo, en donde había escrito para ella en un verso tan escueto como mi esperanza.

lunes, 15 de diciembre de 2025

81. Furia longeva

 



Furia longeva

 





Mientras algunos de los ancianos contemplan la televisión, hasta la hora de la merienda, Cosme y Telmo permanecían en el jardín del geriátrico tomando el sol en pleno ocaso invernal bordeados de hojas otoñales. Para aliviar el tedio, Cosme se inicio:

—Me toca a mí hacer de lobo.

—Yo elijo el león, tengo unas ganas tremendas de soltar un buen rugido cuando lleguen las enfermeras. Tipo regüeldo para reclamar el agua con gas. Digestiva.

—¡Soy el rey de la jungla!—Instó Cosme y dio un cabezazo volanteado como el león de la Metro Goldwyn Mayer, a falta de orla.

—¡Aunque no hay luna llena! —mostró sus fauces a otro interno que les observaba desde cerca que puso cara de que le importaba un bledo.

—Ya vienen. Fíjate que gruñido: ¡Geeeeeeehh! —saltó Telmo.

—Ahora llega mi Aullido —Cosme miró al cielo… ¡Auuuuuuu!

—A ver estas dos fieras, que nos vamos a merendar —les indicó la enfermera mayor atrapando con las dos manos una de las sillas ruedas.

Ambas aspiraron la pestilencia.

—Hay que cambiarles los pañales —añadió la joven mientras se cubría la nariz con la diestra, a pesar de llevar la mascarilla puesta.

Los dos ancianos se miraron simulando un careo policial.

—Perdón, con el esfuerzo, se me ha escapado —alegó Cosme, y puso la mirada tan béatica como la del gato con botas, de la película Shrek.

 

 

 

martes, 21 de octubre de 2025

80. La revelacion




Pocos días faltaban para que se cumpliera un año desde que Matilde Decusa llegó para quedarse en el asilo. Decidida, aquella mañana fue a misa antes de comer y aguardó a que una de las internas finalizase su confesión con el padre Lucas, después, lo hizo ella envuelta en un hálito de incertidumbre; decidió descubrir el más grande de sus secretos y aguardó su consejo espiritual y penitencial. Convencida del exhorto del sacerdote, acudió a uno de los bancos y atendió el final de la homilía con solemnidad. 

Escuchó el toque de campana anunciando el ángelus.

Al no verla entre las internas en el salón social, Sor Lucia la encontró recostada en una butaca de la habitación con la mirada perdida en el ventanal que daba al jardín, se interesó por su estado:

—¿Qué le pasa Matilde? Hoy no la he visto todavía.

—No me encuentro bien, ayer mi hijo se marchó enfadado.

—¿Y eso?

—Creo que no hice bien al decirle que era adoptado.

—¿Usted cree?

—Siento que mis palabras no estuvieron acertadas.

—Ahora sale y se lo explica, ha traído horchata y algunos pastelillos para merendar esta tarde. Lleva media hora esperándola en la terraza.

—¿Y qué le ha dicho?

—Que le busque a su madre. ¡Tal cual!

—¿Nada más?

—¿Qué más quiere que me diga?

—Pues dígale que ya voy.

—Venga, suba en la silla y la acerco.