Benito se encontraba en el comedor de su casa cuando escuchó los pasos acelerados de su esposa, se levantó del sofá consciente de que no podía explicarle nada, sin evitar algún tambaleo. Sus ojos centelleantes acortaron distancia a la botella de ron, vacía. Demasiado borracho para discutir de forma sensata, ella quedó quieta y enhiesta frente a él; con ímpetu le conminó:
―Cuando decidas salir del alcoholismo, dímelo. Me marchó...
―No has cerrado la puerta de casa ―respondió.
―... Pero si mi corazón.