domingo, 20 de agosto de 2017

La fabada asturiana




Haber dormido toda la noche de tirón, en Salas, hizo que me sintiera totalmente recuperado del sobresfuerzo del día anterior. Le escasa luz que llegaba por la ventana del albergue, con el canto de un gallo eufórico promovió que Xavi, Codina y yo comenzásemos a restregarnos entre los sacos de dormir. Restregándome los ojos consulté la hora en mi teléfono móvil; pocos minutos pasaban de las siete de la madrugada. Cada uno se dispuso al repliegue de su equipaje y, una vez desayunamos todos juntos, acometimos la ruta jacobea ascendiendo desde la plaza de la Campa, para ello pasamos bajo el arco que une el palacio de Valdés Salas con la torre medieval, después de hacer una foto con el resto del grupo, entre frutales, nos adentramos en la reconfortarle vereda del rio Nonaya, un lugar especialmente fotogénico por la densa y majestuosa umbría que nos cubría; entre los escasos claros de luz nos llamó la atención la inmensidad de los pilares de hormigón que soportaban la autovía A 63.
Fuimos dando pedales hasta Timeo, una extensa exposición de coches antiguos en pleno centro de la ciudad, me hizo recapacitar sobre mi edad, sesenta años y, a lo largo de ese tiempo, había tenido tres idénticos de los que allí se mostraban. Almorzamos en la misma plaza bocadillos compuestos de fiambre de la comarca que el camarero nos mostró en la barra. Al finalizar degustamos una botella de sidra. En cierto modo, mi único objetivo era poder ascender al pico del Palo y todavía quedaban por recorrer más de treinta kilómetros. Entre grandes repechos, donde tuve que usar todo el desarrollo de la transmisión, pudimos disfrutar de un paisaje majestuoso. Con la única compañía de Toni, llegé cerca de las dos del mediodía a Pola de Allande y encontramos al resto del grupo sentados en una terraza degustando unos helados, fue lo único que comimos antes de iniciar la ascensión de 1.146 metros. Antes de partir, observé mi GPS y marcaba 552 metros, por tanto, el reto estaba dispuesto y por ello puse un ritmo que me permitiera alcanzar mi reto como si fuera un verdadero escalador. La verdad es que se me hizo interminable al poder ver desde abajo toda la ascensión. Nunca jamás olvidaré la fuente que encontramos en el margen izquierdo, a escasos metros de coronar, mientras me refrescaba, leí una inscripción que indicaba: “FONTE LAS MUYERES”. Bebí con tanta presteza que tuve que llenar dos veces el bidón de agua para saciar mi sed acumulada. Ya recuperado, comenzamos el descenso hasta detenernos en el centro del embalse de Salime, donde observamos la grandiosidad de la obra, con sus magnificas vistas.
Reunidos todos en el albergue de Grandas de Salime y, con un hambre atroz, decidimos acudir a buscar un restaurante para cenar. Lo último que había entrado en mi estomago era una barra energética y un gel de glucosa. Pasamos por delante de un monasterio de la edad media, según un panfleto informativo, sus orígenes databan del siglo XII, en concreto del año 1186. Inicialmente se construyó una iglesia, a la que después se añadió la torre y dos capillas, el conjunto presentaba el románico en la portada, de la misma época que la pila bautismal y las gárgolas con unas puertas formadas por dos hojas de roble gótico.
Con paso sosegado llegamos frente a un bar y una pizarra anunciaba el menú del peregrino, nos llamó la atención de que no había nadie en el interior.  Entramos y un señor muy amable de cara mofletuda y ampulosa barriga nos ofreció un impreso, de primero fabada asturiana y de segundo lacón con guarnición. Muy discretamente, le pregunté si no había otra cosa, ya que aquello, para cenar, podría ser complicado al ser un plato flatulento y éramos cuatro, mas un andaluz los que íbamos a pernoctar juntos en la habitación del alberge. Una sonrisa fue lo único que tuve como respuesta.
Cuando nos dimos cuenta ya estábamos sentados delante de un par de mesas que había juntado; mas por el hambre que por otra cosa, aguardamos a que nos sirviera. Lo cierto es que dejó dos fuentes de aquel manjar que nos supo a gloria, hasta el punto de zamparnos dos platos cada uno y el consecuente moje de alguna rebanada de pan. Sinceramente, cenamos estupendamente. Por consejo de uno de nosotros, dimos un largo paseo por el casco antiguo antes de acostarnos y permitir que la fabada se fuera evaporando.

Aunque hacia una noche fantástica, y como si fuésemos guiados por un instinto sobrenatural, acudimos al albergue deseosos de coger la cama, el sueño y el cansancio se mostraba en cada uno de nosotros respirando como si no existiera el oxigeno. Después de los menesteres necesarios de aseo, incluido el alivio intestinal, con miedo al cerrar la ventana por la baja temperatura del exterior, nos acostamos y no, no fue la fabada la que me impidió me dormir, sino los ronquidos del peregrino andaluz que, al pronto, se puso a imitar al león de la Metro Goldin Mayer.

No hay comentarios: