domingo, 13 de agosto de 2017

La anciana de la ermita







Llevábamos más de 22 kilómetros recorridos desde que abandonamos la ciudad amurallada de Lugo y yo buscaba alguna escusa para poder descansar y recuperarme, habíamos parado media hora en San Romao da Retorta, una parroquia de ciento cuatro habitantes y que se encontraba una antigua venta destinada al hospedaje de viajeros. Según un anuncio, cerca de aquel lugar se descubrió un milenario romano de Caio César Augusto, fechado en el año 40 antes de Cristo que atestiguaba el paso de la calzada XIX Lucus ab Iria Flavia. El poste original se emplaza en el Museo de los Caminos de Astorga. Junto a la replica de granito gris, comimos un bocadillo que yo  mismo compré en una aldea cercana y por ello necesitaba un poco de desasosiego, el ritmo puesto por el grupo en la interminable ascensión me había desfondando. Fue Jesús, el mas joven de nosotros, quién se detuvo al ver un cementerio cuyas lapidas se encontraban a nuestro paso, dio la voz de alerta al descubrir una pequeña ermita que había al fondo de un corto camino flanqueado de geranios, nos detuvimos y observamos a una anciana que llegaba por una senda angosta que había a la derecha del edificio de piedra labrada, lo hacia a paso lento, hasta que se detuvo delante de la puerta de madera abigarrada, nos acercamos y vimos como sacaba del bolsillo de su mandil una llave de hierro tan larga que llegaba a sobresalir de su mano, la introdujo en la cerradura y con un solo giro abrió produciendo el sonido chirriante de los goznes, nos miro sujetando la puerta entornada y mostró una sonrisa invitadora. Dejamos las bicicletas apoyadas sobre un muro donde la hierbabuena cubría los márgenes y desprendía un agradable olor al ser meneada por nuestros pasos, entramos tras ella, por el respeto que requería el momento, nos quitamos el casco con solemnidad. En el interior, la mujer, muy menesterosa, nos observó dedicándose a cambiar las flores de un viejo jarrón de cerámica que presidida una imagen añosa de Cristo Crucificado. Sin decir ni pio, permitió que admirásemos aquel pequeño templo. La curiosidad nos llevo a la calma para escudriñar cada metro cuadrado de aquella magnifica obra maestra de la cual quedamos prendados. En la parte trasera del altar se podía ver una larga ventana en donde una piedra de mármol blanquecina permitía la entrada de la luz solar. Nos llamó la atención un pequeño altillo sujeto de unos troncos que debería ser ocupado por el coro, justamente encima de la entrada. ¿Cuántos años tiene? Le pregunté, he hice una referencia al templo sin dejar de mirar las pinturas que rodeaban el habitáculo y que bien podrían ser del románico. El edificio era de una sola nave cubierta por un tejado a dos aguas. Su vinculo con la orbita jacobea nos quedó patente al descubrir en su pila bautismal la cruz de Santiago labrada en piedra en el siglo XIV (según indicaba una pequeña inscripción). La mujer, forzando su lenguaje gallego, ya que no disparaba ni una en castellano, nos indicó que estaba dedicada a San Salvador y señaló con la mano una figura del santo que descansaba sobre una altar en el lateral izquierdo. Con paso renqueante, se nos acercó cuando termino su menester y yo le pregunté si podía hacerse una foto con nosotros, cosa que denegó hacerlo sin su “Santiña”, miro la figura que posaba sobre una pequeña estantería rodeada de flores y se santiguó. La permití que nos explicara todo lo concerniente a la ermita, solo le pude pillar que ella era la que cuidaba de la iglesia y que se dedicaba desde que tenía uso de razón; añadió que desconocía desde cuando y se encogió de hombros, por pura curiosidad, le pregunté por su edad y me respondió abanicando la mano que sobre ochenta y algunos más. Continuó explicándonos cosas de aquella magnifica obra, pero insisto, sólo pillé que hacían misa los domingos a las doce y que subía el párroco de la extensa comarca. Puestos delante de su imagen de la “Santiña”, Xavi la ayudó a bajarla de la estantería en la que estaba y la depositó sobre de una cómoda de madera labrada. Junto a ella, nos hicimos la foto que yo le prometí colocaría en un lugar donde nos verían mucha gente y que se llamaba Facebook. La mujer sonrió y luego beso aquella imagen asiéndole las manitas e invitándonos a que observásemos su devoción, lo hicimos, pero evidentemente, sin el recogimiento en que ella lo hacia. Antes de despedirnos, sonrió y nos deseo que tuviésemos un buen Camino. Al subir en mi bicicleta,  y algo mas recuperado, no tuve otro deseo que contar aquella experiencia.

No hay comentarios: