viernes, 5 de febrero de 2016

Altruismo en el Camino




 

Comencé el Camino de Santiago desde Roncesvalle, allí mismo adquirí una cartulina que, plegada como un fuelle, me serviría para ir acuñándola y dejar constancia de los sitios por los que iba a pasar. Los primeros días caminé admirando el paisaje de aquella parte de los pirineos y sobre todo de mi ansiada soledad, cosa que necesitaba para salir del pozo en el que me encontraba tras mi separación matrimonial. Solo fui capaz de romper el silencio con una catalana que conocí al salir de Pamplona y con la que recorrí un buen trecho, hasta llegar a la cima del Monte del Perdón; nos separamos y no la volví a encontrar hasta que llegué a Puente de la Reina, cuando visitaba la iglesia de Santiago.

Al amanecer, junto a otros peregrinos, salimos de la ciudad por el puente medieval y que da origen al nombre de la ciudad. Llegamos parloteando hasta Ciriaqui. Lugar donde se conserva un buen tramo de calzada romana. La recorrí con el regusto que da saber que mis pies pisaban dos mil años de historia. Antes de llegar a Estella, me detuve para despedirme de ella. Sin embargo, volvimos a coincidir en el albergue de la entrada a la ciudad.

A la mañana siguiente había decidido levantarme temprano, antes de que ella despertara, y así lo hice. Cuando salí, todavía ella dormía, comprobé que quedaban en el albergue pocos peregrinos. Me detuve en el comedor y desayuné, después en la acera me entretuve arreglando la mochila y puesta en mi espalda comencé a caminar. Poco me gustaba hacerlo por el interior de los pueblos y menos el hecho de sentirme acosado por algún que otro conductor que me había espantado con su claxon. Llevaba tres días soportando las conversaciones de la mujer que dejé dormida. La noche anterior decidí partir antes que ella y así olvidarme de sus problemas, tan distintos de los míos.

Comencé a subir hasta encontrar los muros del monasterio de Irache. En la parte derecha del camino, justo detrás de una bodega, había un cuadrilátero delimitado por una verja y en su interior una fuente de vino y otra de agua. Hice un par de fotos y continué con el único interés de aumentar la distancia con la peregrina catalana. Al salir del casco urbano de Irache, me adentré por un camino que transcurría entre los encinares, había tantos que apenas se podía ver el cielo azul de aquella mañana de verano.

Lo cierto es que la idea de hacer el Camino surgió para otorgar un sosiego a mi vida, La separación de Lucia había sido demasiado rápida. El no tener hijos en común facilitó los trámites y no había conseguido adaptarme. Ahora quedaba por mi cuenta superar el trance, y por supuesto, no me apetecía iniciar otra relación. Desde que comencé a reflexionar, nadie había tocado mi herida, más que aquella peregrina. En principio, agradecí su compañía, ya que ambos padecíamos idéntica situación; ella había sufrido el mismo azote sentimental. Lo cierto fue que su compañía me sirvió para evacuar todo mi compendio vivido, y desocupar mis sentimientos tan afligidos en mi fuero interno.

Me detuve en Villamayor de Monjardin, necesitaba un buen almuerzo, lo hice en la terraza de un bar, por si la veía llegar. Al ver acercarse a otro grupo de peregrinos que caminaban al mismo ritmo que yo, me convencí de que no la volvería a ver. Aun así, me entretuve visitando las ruinas de su castillo, construido para defender la frontera de Castilla. Continué el camino entre viñedos y olivares, únicos aliados que me acompañaban ante la ausencia de poblaciones intermedias hasta el lugar de mi destino elegido para ese día. Ensimismado, comencé a sentirme de nuevo reconfortado por la soledad, pude sopesar el tiempo que duró mi relación con Lucia, sin olvidar lo maravillosos que fueron los primeros años, hasta que el trabajo comenzó a separarnos, tanto, que apenas nos veíamos ni siquiera los fines de semana, permitiendo que la llama del amor se consumiera hasta quedar totalmente apagada. Entre recuerdos, observé un cartel donde se indicaba: Los Arcos, a dos kilómetros. Decidí comer algo y descansar en cualquier lugar, la meta para aquel día era Torres del Río y visitar la iglesia románica del Santo Sepulcro, con lo cual, caminaría veintinueve kilómetros, distancia que dudaba que una mujer como la catalana pudiera soportar. Tuve la sensación de haber hecho un pacto con el demonio, y no fue otro que desear que desapareciese de mi vida, a cambio de cualquier cosa. La sensación de ser perseguido me era insoportable. Su triste historia, de lo que a ella le sobraba, a mí me faltaba.

Llegué al destino previsto y preguntando a los lugareños encontré el albergue. La puerta estaba entornada. Apenas di un trago de agua se me acercó la persona que debía de ser quién lo regentaba, y antes de descargar la mochila de mi espalda me advirtió: “Está completo, no quedan literas”. Aquello me resultó difícil de asimilar. En un banco cercano, al cobijo de la sombra de una higuera me acomodé y cogí la guía del camino para averiguar la distancia que me quedaba hasta el próximo alojamiento. Viana se encontraba a algo más de nueve kilómetros, imposible continuar, pensé con desconsuelo. Me acerqué a una mujer que barría la acera..

—¿Sabe usted de alguna casa que alquilen habitaciones? —Le pregunté y negó en silencio con un movimiento de cabeza.

La puerta del albergue se abrió y apareció la peregrina catalana con el pelo mojado y oliendo a gel de baño. Tuve que asegurarme de que no era un espejismo. Mi silencio le permitió a ella saludarme:

—¡Hola!, por fin has llegado, ya tienes la cama reservada.

Aquella mujer, a la que intenté aumentar la distancia durante toda la etapa, fue la que me salvó de dormir aquella noche a merced de las estrellas.

 

 

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