domingo, 11 de junio de 2017

Me llamo inodoro

La mujer de la limpieza me mira y sonríe antes de cerrar la puerta; yo no puedo hacerlo porque soy de cerámica y no tengo más opción que permanecer en donde estoy desde que me colocaron hace años, con la única compañía del portarrollos y una escobilla que pasa las horas en su recipiente, a la espera de que alguien la friegue en la rampa de mi taza, mientras se evacua el agua de la cisterna perenne que tengo en mi parte trasera, como si fuera una mochila. El portarrollos, que está a mi derecha, siempre teme que se termine el papel y tiren el cartoncillo para poner a otro, tal cual tuviera un contrato basura. Poco tardará en llegar don Facundo, marido de la dueña y el jefe de la oficina que gestiona el alquiler de apartamentos; siempre lo hace a primera hora. No me utiliza, aprovecha la intimidad del espacio rectangular para llamar a su mujer y contarle cualquier cosa, asegurándose de que continúa amándole. De vez en cuando pregunta por los niños, aunque en su fuero interno, lo único que le interesa es que no vuelva a dejarle abandonado; ya lo ha hecho en varias ocasiones. Terminada la comunicación, que siempre resulta empalagosa, le da al pulsador del agua y produce una descarga para encubrir la ausencia de su despacho.
Luego, llega el de mantenimiento; siempre mea como si fuese un aspersor de jardín y me ensucia los bordes. Eso ocurre porque es panzudo, no llega a atinar con la minga en mi epicentro, cosa que no afecta a la escobilla y sí al rollo, porque lo utiliza para limpiar toda su insolencia. De vez en cuando, vendrá el joven que está de prueba; se entretiene viendo videos porno en su teléfono móvil y siempre termina masturbándose hasta, incluso, tres o cuatro veces por día y eso, sí que afecta verdaderamente al rollo; tira bastante papel en mi taza. La escobilla anhela que alguien la utilice para quitarse de encima el fuerte olor de lejía que deja el chorrito que, a diario, deposita en su recipiente la mujer de la limpieza. Eso no ocurrirá hasta que llegue un cliente y utilice nuestro aseo para tal menester, y no como Eusebio, que por ser el hijo del dueño, entra y organiza en la tapa de la cisterna un polvillo blanco que luego esnifa de un tirón. Ahora, es el más limpio, porque no deja ni rastro; ni tan siquiera tira agua para disimular. Lo hace rápido, muy rápido y, así, aparenta que ha vaciado su vejiga. Tiempo atrás le oí decir que su próstata estaba inflamada; estuvo muy nervioso, hasta que su madre le dio los cien euros que necesitaba, alegó que eran para saldar una deuda y ahí se acabó la dolencia. Recuerdo que, poco después, hizo una pequeña bolita con papel higiénico, uno de los orificios de su nariz sangraba; se la metió para tapar la hemorragia, sin poder evitar la desgracia en que sucumbía, porque temblaba como la fosforescencia del tubo de neón, que todavía está por cambiar y, como siempre, no utilizarán la escalera metálica estando yo aquí. Un vicio muy caro, no como el de Matías, que sólo viene a verme para fumarse un cigarrillo. Eso sí, ya liado. Ahora, huele que apesta, y risa le da, alguna vez no puede reprimirse y carcajea a solas. Alguna vez le acompaño por embelesarme ese olor.
Otra cosa que tengo enfrente, tras la puerta, es una percha. ¡Ojo, que es muy importante! Es funcionaria como yo. Por eso creo que siempre esta tensa, muy tensa y se mantiene muy erguida. Aunque tiene una ventaja, durante el verano descansa, nadie se cuelga de ella. No es que quiera vanagloriarme, pero el que tiene más trienios soy yo; he subsistido a las dos reformas en la oficina y la percha, al igual que el rollo y la escobilla son interinos. Como podéis ver, no me como un rosco, mejor dicho: no me trago ni un rosco, ni soy utilizado para el menester que fui creado por Roca, así que, para despedirme, si alguna vez tenéis alguna urgencia fisiológica y me necesitáis, me encuentro en el interior de la agencia de alquiler de apartamentos Las Tres Rosas; sólo tenéis que preguntar en la oficina por el aseo de caballeros. Hay otro para señoras.

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