lunes, 23 de enero de 2017

El coleccionista



Consulté la hora en el teléfono móvil, faltaban cincuenta minutos y mi corazón comenzaba a superar la frecuencia de revoluciones, sentí como mi boca se secaba y la nuez subía y bajaba intentándola humedecer sin tregua alguna. Me fui a un bar cercano para orinar y así tomar algo que me animara. Entré en el que había en la esquina y, por suerte, encontré una mesa vacía donde podía ver el kiosco al que ella acudía a diario. Volví a consultar la hora en el reloj que anunciaba una marca de cerveza reportándome un sinfín de recuerdos, como aquella mujer que atendía el quiosco y a mí me volvía loco. Miré con atención a través de los cristales y todavía estaba su hija en el interior, embelesado recordé aquel lugar donde saboreé el primer caramelo, masqué el primer chicle y probé la primera bebida carbonatada que me hizo resplandecer los ojos por el gas efervescente hasta hacerme eructar. La voz ronca del camarero despejó aquellos recuerdos al dejar el café sobre la mesa marmolada. Volví a mirar el kiosco y me vi comprando un cigarrillo mentolado, con los años, conseguí dejar de fumar de la misma forma que me inicié: adquiriendo alguno que otro, combinándolo con los parches de nicotina, sin embargo, no pude abandonar la costumbre de acudir a ver a aquella mujer en años. Así que, para continuar viéndola, me convencí de que sería capaz de coleccionar una enciclopedia completa dedicándome a recoger un fascículo cada semana durante años, hasta que pasé a coleccionar plumas estilográficas y tacitas de té. Lo cierto es que terminé el café y no tenía claro cómo debía declararme. Susana, que así se llamaba, llegó a la misma hora que de costumbre; la puerta lateral del cubículo se abrió y salió su hija, por lo que supuse que debería de ir a declararme antes de que fuera demasiado tarde. Me acerqué a la barra, pagué la consumición y salí del bar con esa idea fija en mi cabeza. Temí que llegara el momento. Compré de todo y todo me parecía poco por verla… oírla con esa voz que me extasiaba cuando me preguntaba: ¿cómo estás?, o ¿qué tal la vida?
De lejos, la vi en la calle dándole dos besos a la hija hasta que se metió en el quiosco, era la hora ideal, antes de que salieran los niños del colegio y se aglomerasen alrededor pidiendo como pipiolos las chucherías de rigor. Caminé tal cual un pistolero ante un duelo, debía de apuntar bien para que nadie intercediera, la tenía allí para mí solo. Todo lo tenía previsto, hasta la reserva de las piezas de la nueva colección del Renault 8 Gordini, que ella se encargaba de recortar el cartón sobrante para que me fuese más cómodo y discreto el trasporte. Hoy llegaba la entrega número seis, eran los faros y seguro que me ayudarían para alumbrar mi estado. La vi en interior como organizaba los rimeros de revistas, hasta llegar a colgar una ristra nueva de caramelos de menta para fumadores y resfriados. Mis pasos parecían querer ralentizar como si portase las suelas de plomo. No había nadie, estábamos a solas, miré alrededor y, decido, me acerqué. Subí en la tabla para estar delante del diminuto mostrador donde solo cabía el dinero para pagar y la miré con solemnidad. Mi cerebro se había congelado. Mudo. Ella se agachó y sacó el cartón con el recipiente de plástico en donde estaban los faros y, mientras lo recortaba, me saludó siesa. Sabía el precio y deposité un billete de cinco euros. Me devolvió los cinco céntimos y su peculiar sonrisa hasta que me preguntó cómo estaba. Incapaz de soltar palabra alguna, en silencio me despedí hasta la próxima entrega, que sería las cuatro puertas del Renault 8.
—Si quieres, podemos tomar algo cuando termine —la oí decir.

Aquella colección, fue la única que deje por terminar. Ahora solo colecciono palabras para decirle cada día cuanto la quiero.

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