domingo, 16 de octubre de 2016

La fuente del Sister



Me gusta averiguar nuevos pasajes cuando salgo a solas con la bicicleta de montaña, aquella mañana de finales de verano, me fui en busca de un lugar que llevaba tiempo tenía ganas conocer, al pasar infinidad de veces por el mismo camino rural en el que un poste anunciaba la dirección de la fuente del Sister; concretamente se encontraba a mil doscientos metros. Llegué al lugar del cruce a media mañana y lo primero que hice fue activar mi GPS —en caso de no encontrarla me sería de utilidad para localizarla—. Apenas comencé a pedalear de nuevo, giré y vi que se iniciaba un repecho. Tomé con calma la ascensión y arriba tuve que girar a la derecha para circular pegado al monte bajo de la sierra, hasta llegar a un pequeño barranco que me obligó a descender por un sendero angosto, a escasos metros, observé un ciclomotor apoyado en el tronco de una higuera, era una Movilette de color rojo, junto a ella, había un haz de cañas de las que se colocan en las ramas de los naranjos para evitar que toquen al suelo cuando están repletas de naranjas.
Continúe hasta que llegué abajo, mismo camino que iba al cruce del poste informativo. Me detuve y consulté el GPS. Mi subconsciente insistía en que debía de volver a donde estaba la Movillette, seguramente el dueño conocería por donde llegar a la fuente que yo buscaba, así que decidí volver, y lo hice partiendo desde el lugar del poste.
No localicé la fuente, a pesar de buscar la senda en el GPS, por tanto, fui directo a donde había visto el ciclomotor. Al llegar, dejé la bicicleta y escudriñé los alrededores buscando al dueño, al no verle, decidí aguardarle comiendo algún higo, estupendos para reponer energía. Escuché un ruido extraño, algo que hizo que se zarandeasen las cañas que había donde estaba el haz de las cortadas. Pensé que quizás sería un animal y se me ocurrió soltar un grito para espantarlo. Entre el silencio, escuché un hilo de voz y, a escasos metros, vi la silueta inconfundible de un hombre tumbado en posición fetal que sobresalía de la espesura de la vegetación y parecía que iba a ser engullido entre la maleza.
Estupefacto, levanté la voz para interrogarle:
—¿Se encuentra bien?
—No… no puedo moverme, si lo hago me hundo.
Mi mente comenzó a desgranar la forma de sacarlo.
Observé el entorno y no encontré a nadie. Al ver mi bicicleta, se me ocurrió ofrecérsela plantada hasta donde él estaba. La mantuve recta y sujeta por el manillar para frenarla. La dejé caer con sigilo y, al tocar la rueda trasera la espalda del hombre, le sugerí que se sujetase a ella. A tientas lo hizo y así fue replegándose con sus brazos hacia mí. Al verme, le advertí que no la soltara, yo recuperé la bicicleta hasta que estiró sus brazos; presioné los frenos para anclarla y así, él se iba arrastrando hasta mí. Poco a poco consiguió subir y quedar sentado en el borde del barranco. Cuando estuvo relajado pidió agua, me indicó que en el capazo de la Mobilette había una botella. Bebió con gana y, al verle más tranquilo, me interesé:
—¿Se encuentra mejor?
—Ahora si… me he resbalado —contestó sin quitar sus ojos al lugar de donde le había sacado—, al estar las cañas no he llegado abajo, un buen susto, y más, sabiendo que por aquí nunca pasa nadie.
El anciano, de su bolsillo, sacó una cartera y de ella un pequeño papelillo plegado, en la parte trasera me mostró una ristra extensa de números, me preguntó si tenía teléfono y, al muéstraselo, indicó con el índice que llamase al que había debajo de todos ellos.
Marqué el número y le entregué el móvil, pude suponer que hablaba con su hijo. Al terminar, el hombre me agradeció la ayuda y se interesó por el motivo de mi presencia, al decirle que buscaba la fuente del Sister, estiró el brazo y me indicó la senda que encontraría en la parte trasera de un viejo nogal. Lo cierto es que, la fuente, ya poco me importaba, ahora la prioridad de mi aventura la tenía aquel anciano con el que pasé el resto de la mañana.



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