domingo, 18 de septiembre de 2016

La amonestación



Desde que mis padres me prometieron un ciclomotor, con la única condición de que aprobara el examen final de lengua española, en primero de BUP, no pude dormir tranquilo. En las pasadas evaluaciones trimestrales, obtuve malas notas, y eso, se debía a que tenía poca gana, cosa que la profesora, una mujer menuda y de muy mal genio, me tenía, por así decirlo, manía; quizá fuera por mi carácter dicharachero. Doña Agustina Suarez, era una persona muy empecinada en su menester, perseguía la perfección de textos y, casualmente, yo no era para ella el estudiante más idóneo. Al repetir curso, durante las pasadas navidades, mis padres me advirtieron de que tendría que ponerme las pilas, para ello, atendí clases particulares en una academia.
La noche previa al examen, mi madre me hizo una tila para que al día siguiente, fuese tranquilo a la escuela, pero la idea de la motocicleta, no se me iba de la cabeza y eso me mantuvo desvelado; imaginaba dándo un paseo con mi chica sin tener que acudir al autobús para desplazarme por la ciudad con toda libertad. Apenas desayuné, salí de casa concentrado, la hora llegó y entré en el aula, me fui directo al pupitre asignado, cuando llegó la profesora, dio un largo vistazo y, al comprobar que estábamos todos, cerró la puerta. Subió al altillo y se dirigido a nosotros como lo hace cualquier político ante cualquier mitin de final de campaña. Yo respiré hondo e intenté ralentizar el pánico que crecía en mi pecho, ella no dejaba de mirarme y eso exacerba el miedo que yo sentía.
—¡Folio en blanco y lápiz con goma de borrar! Nada más, no quiero verles con nada más en sus mesas. Escribiré en la pizarra un párrafo y tienen que copiarlo y describirlo. Señor Fernando—me llamó sin dejar de mirarme—, acérquese y siéntese aquí delante de mí, quiero tenerle cerca.
Lo hice con solemnidad, acudí con el folio preparado, lápiz y la goma de borrar. Sentado permanecí atento a la pizarra, alternando la mirada hacia la foto enmarcada del Rey Juan Carlos, al pronto, doña Agustina asió un trozo de tiza y la fue deslizando sobre la pizarra, el silencio era tan intenso que solo se oía el chirriar de la escayola. No pude terminar de leer la frase, sentí los latigazos de mi corazón en la base de mi garganta, mi boca estaba totalmente seca y la angustia no cesaba. Me lleve la mano a la cara y presioné mis parpados con los dedos para mitigar mi congoja. Tenía la sensación de ser un actor entre bastidores y que los presentes aguardaban alguna acción por mi parte. No, no era el día más adecuado para bromas, ni chistes malos, ahora me tenía que concentrar y hacer un buen examen para sacar adelante el curso; un cinco, con un cinco de nota sería más que suficiente para que mi padre cumpliese su promesa.
Doña Agustina, al terminar de escribir el dictado, me miró fijamente, desvié la mirada de la foto de Juan Carlos hacía la pizarra y me dediqué a copiar cada palabra, cuando llegué al primer verbo, quizás por el estado nervioso en que me encontraba, rompí la punta del lápiz y, sin querer, exclamé un “mecaguen”. Aquella frase desmanteló el silencio atenazado convirtiendo el aula en el club de la comedia: risas y cascadillos saltaron por los aires como cohetes artificiales, la profesora no me quitaba el ojo de encima, pude descubrir que su boca temblaba haciendo chirriar sus dientes; guardé silencio, con el rostro entumecido para pedir perdón, pero ella no parecía estar por la labor y, tras mostrarme una sonrisa lobuna, saltó por los aires:
—¡Señor Fernando! Acérquese…
Me levanté y obedecí sigiloso hasta quedar frente a ella.
—¡Coja la puerta y márchese al despacho del director!

Para atender lo ordenado, me acerqué a la puerta y la abrí, luego la levanté y la saqué de las bisagras hasta tenerla en mis brazos, la puse de lado y como si tuviera que portar un portafolio, me fui al despacho indicado, portando la puerta sujeta de mis manos.

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