miércoles, 24 de agosto de 2016

Ergofobia laboral (el último sereno)



La incertidumbre política de la transición española continuaba. Habían pasado dos años de la muerte del dictador y no había día en que no hubiera altercado que enturbiase la convivencia democrática del país. Por el barrio de Salamanca, en Madrid, corrían rumores de que la tarea de sereno: guardar la llaves de las casas de los vecinos y mantener el orden público, iba a desaparecer, ya que la dictadura les posibilitó para ser usados como instrumento de la población, siendo testigos de la “vida ejemplar” para conseguir cualquier certificado de buena conducta, indispensable para obtener un documento oficial.
Jeremías, sereno de oficio desde que finalizó el servicio militar, recordaba las declaraciones públicas de Gutiérrez Mellado, que en una entrevista hecha en Sevilla, citaba: “Nadie pensara que se iba a bajar un ápice la guardia”, refiriéndose a los conflictos sociales. Aquello le reconfortó, al presumir que no iba a estar solo, ya que se había dispuesto por el Ministerio de Gobernación un refuerzo en las fuerzas armadas en la capital del país.
El final del programa de televisión española: Un globo, dos globos, tres globos, sus dos hijos se despidieron ante el preludio del noticiero, que, por supuesto, informaría del viaje de los Reyes de España a Roma y su visita vaticano para ser recibidos por el Papa Pablo VI. Antes de que su esposa pusiera la cena, limpió con esmero el silbato, anhelando la última ronda; a tenor de las circunstancias beligerantes que se vivían. Su mujer dejó dos platos de sopa y una botella de vino. Al terminar, atendiendo con solemnidad los últimos acontecimientos, miró su reloj de bolsillo y descubrió que le quedaba media hora. Dispuesto con el uniforme reglamentario, se colocó un abrigo que llegaba más abajo de las rodillas, tras abrochar la ristra de botones dorados, se enganchó la garrota al cinturón de cuero y colocó la gorra, enhiesto, se miró al espejo intentando amagar la turbación del miedo que inundaba su cuerpo. Se extrañó que su compañero no hubiera llegado todavía; siempre iban juntos al retén de la zona centro.
Se despidió de su mujer y, al bajar al rellano del zaguán, observó un cúmulo de personas en la puerta. Se acercó cauto al escuchar gritos que provenían de la calle, los vecinos fueron abriendo paso hasta mostrarle al compañero que yacía tendido en el suelo, semiconsciente, y con el rostro totalmente entumecido.
—¡Hay que avisar una ambulancia! —adujó una señora.
Jeremías, al reconocerle, se agachó hasta mirarle a los ojos, sin obviar la herida sanguinolenta de su cabeza. Sabía de la importancia que tenía su pito, y por ello, desistió de usarlo para pedir socorro. El grito de su esposa desde el balcón le hizo levantar la cabeza, la vio junto a sus dos hijos. Siempre lo hacían para despedirse. Al poco llegó la ambulancia y con la ayuda de dos hombres, subieron al compañero que respiraba con dificultad.
—Unos vándalos le han tirado una patata —apuntó otra mujer—, resbaló y ha caído con tan mala suerte que se ha golpeado en el bordillo. Pobrecillo.
Una patrulla motorizada de la policía municipal se acercó para esclarecer lo ocurrido, uno de ellos, subió en la ambulancia a identificar al herido, regresó con dos sobres en la mano y entregó uno de ellos a Jeremías, que miró el remitente y lo abrió al intuir que sería algo importante. El texto resultó escueto, tan solo indicaba que el cuerpo de serenos había sido extinguido, y en consecuencia, pasaría al servicio de jardinería hasta la edad de jubilación.
El policía le preguntó:
—¿Conoce usted donde vive su compañero?
—Si claro, a dos calles más abajo.
—Avisé a su familia, por favor —el agente le entregó el sobre que contenía una notificación idéntica a la suya.
La ambulancia marchó y Jeremías observó la firma del alcalde, don Juan de Arespachoaga, junto a la fecha de aquel día, 21 de febrero de 1977.
Una lágrima surcó por su rostro totalmente embelesado. Levantó la mirada y mostró el documento a su familia.

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