sábado, 25 de junio de 2016

El lamento de Sue Lin



Poco quedaba para la restauración del Emperador Meiji, cuando el poderoso terrateniente samurái: Tokugawaleyasu, invitó a los súbditos a una ceremonia en su residencia. Sentado en el centro del salón aguardaba con los músicos a la geisha que les deleitaría con su voz. Al llegar, la mujer juntó las palmas de sus manos para solicitar anuencia, al ser otorgada, quedó arrodillada frente a él y, antes de sonar la primera nota musical, una lágrima se deslizó por su rostro blanquecino.
El samurái, al percatarse, se interesó:
—¿Por qué lloráis?
—Una china, mi señor…
—¿Acaso tenéis problemas con algunas de las que tengo a mi servicio?
—Quizás la que barre, no haya visto la que me he clavado en la rodilla.


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