lunes, 6 de junio de 2016

Crisis ¿Qué crisis?



En el centro de mayores, a veces, hablaban de la dichosa crisis de los cuarenta. Algunos apostaban en que fue un cambio importante de sus vidas, aunque, mientras jugábamos al dómino, permanecían ajenos a los recuerdos que a mí me gustaba relatar, tampoco entendían de mi viudez, ya que recién cumplidos los cuarenta y dos, mi esposa falleció con sólo treinta y nueve, víctima de una extraña enfermedad. Hasta entonces, aquella fue nuestra mejor época, lo teníamos todo y todo nos parecía poco para nuestros hijos, que, gracias a la perfecta armonía de mis negocios inmobiliarios, les dimos estudios y paganos la universidad. Por ello, insistí en que la crisis llegaba con la perdida de los seres más queridos, y no con los cuarenta, cincuenta, sesenta o setenta y tres que yo había cumplido aquellas navidades.
Alguno se extrañó cuando le dije que me gustaría regresar algún día a Cercedilla. Al igual que a mis hijos, les dio por quitarme la idea de la cabeza. Ni tan siquiera Merche, la pequeña. Así que, desde aquel día, solo tuve una quimera: hacer el viaje antes de que mi vida terminase en una residencia. Todas las intenciones fueron dirigidas al cumplimiento de mi sueño. Aunque tengo que reconocer que mi nieto Adían, puso interés en facilitarme la información necesaria; al tener los conocimientos necesarios de internet y saber la ilusion que me hacia.
Pasada la primavera hice la reserva en un pequeño hostal, el hotel que estuvimos en nuestro viaje de novios ya no existía, según me informaron, lo habían convertido en un bloque de apartamentos. En cierto modo, llegué a pensar que, a mis hijos, cuando venían a verme, intentaban sacarme el verdadero motivo de la aventura que tenía en mente, pero ninguno consiguió averiguarlo. Esa ilusión formó parte de mí, hasta el punto de calcular y apartar el dinero que me haría falta. No quería que nadie se enterara, por el simple hecho de que me apetecía estar a solas.
Llegó el mes de septiembre, sabía que en agosto mis hijos se turnaban las vacaciones para no abandonarme en la ciudad. El día elegido había llegado y, apenas amaneció, con la maleta aguardé al taxi en la acera de mi casa, me llevó a la estación y allí subí en el tren que iba directo a Madrid, luego hice trasbordo con el que me dejó en la estación de Cercedilla.
Estaba cansado de tanto trajín, pero había valido la pena, eran las ocho de la tarde y me encontraba sentado en el banco, mismo en que le pedí a mi esposa que bailase conmigo en la verbena de aquel pueblecito. Dejé la maleta al lado y con toda la dignidad del mundo, contemplé aquel viejo olivo, testigo de nuestro primer beso. El entorno estaba intacto, hasta incluso la farola que alumbraba una zona desierta y que algunos se ocupaban de atinar con un tirachinas en la bombilla para tener intimidad después del baile.
A merced de los recuerdos, aspiraba aquel olor de los pinares que me inundaba. Aquello era lo que yo necesitaba para volver a sentirme cerca de ella. Miré la sierra por donde se escondía el sol, y que se había encargado de difumar toda la gama de colores en aquel espacio, rayado por la estela de un avión de pasajeros. ¿Crisis? cuarenta, cincuenta, sesenta, o setenta, volví a recordar a mis compañeros y me entró risa ¿Qué sabían ellos de crisis? Mi crisis llegó aquel día en que la perdí y que ya jamás fui capaz de encontrar a nadie que soliviantara la soledad en la que yo permanecía desde entonces.
Sin apenas darme cuenta, el crepúsculo dio paso y anocheció.
Al entrar en la calle, donde estaba el hostal, me llamó la atención que había un coche estacionado, era que el de mi hija, y al mismo lado, uno idéntico al de mi hijo, el mayor. Antes de cruzar la acera, la puerta del hostal se abrió y salió corriendo mi nieto, tras él, mis hijos que formaron un corro para abrazarme a la vez.


—Lo siento abuelito, les confesé tu secreto —me dijo mi nieto Adrián.




Segundo clasificado quincena XLIV, 25-04.2016 en NEWTRITERS, red social de escritores.

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