jueves, 16 de junio de 2016

Crepúsculo


Al tercer día de nuestras vacaciones, mis padres estaban tan rojos como los tomates, les encantaba tomar el sol en aquella playa donde teníamos el apartamento en el que pasábamos el verano. Yo mantenía mi cuerpo impoluto, lo cierto es que echaba de menos a mi hermana, que decidió irse a Benidorm con los niños y su marido, aunque en cierto modo, mi madre estaba mucho más relajada que en años anteriores, sin embargo, a mi padre eso poco le importaba, continuaba haciendo lo mismo que a diario: de mañana se levantaba temprano y marchaba a por la prensa con la excusa de comprar el pan y tomarse el primer café, luego, con el tiempo justo, aparecía a la hora de bajar a la playa, por ello, siempre se acostaba temprano y eso a mi madre le sentaba de maravilla, porque así podía ver la televisión sin compartirla con nadie.
Después de cenar, en el balcón que daba al mar, le ayudé a recoger la mesa mientras mi padre veía lo único que le gustaba, el noticiario de la sexta, que tan solo le servía para enardecer sus ánimos y renegar de la situación política del país. Mi madre prefería el cotilleo de la cinco para poder mantener cualquier conversación con las vecinas de la comunidad.
Al terminar de lavar los platos, nos colocamos los dos en el sofá y en uno de los extensos consejos publicitarios de la cadena televisiva se dirigió a mí:
—No te he visto todavía en la terracita de atrás, el año pasado no había atardecer que te perdieras. He comprado dos hamacas para dejarlas allí. Seguro que no te has dado ni cuenta.
—Lo sé mamá, pero estoy triste.
—No te creas que no me he dado cuenta, y tu padre también lo está.
—¿Papá?, siempre sube dispuesto para cenar, no se pierde una partida de mus con los amigos... en la portería.
—Anda, cuéntame lo que te pasa.
Me asió por el cuello para darme un beso, la miré a los ojos que eran tan claros como los míos. Llegué a pensar que me había leído el pensamiento, necesitaba contarle a alguien de mi agonía, y como siempre, la tenía a ella, dispuesta a escuchar, como lo había hecho toda la vida.
—Lo entenderás—le dije—, es una cosa que brota desde mi interior, una sensación extraña, amarga y dulce a la vez. Cuando pienso que todavía me queda todo el verano por delante sin verla, aún me aflijo más.
—El año pasado estuvisteis juntos aquí, en cada atardecer, llegué a pensar que lo hacías para invitarle a cenar con nosotros, me gustaba veros a los dos sentados en la terracita, hijo mío…. no me gusta verte triste.
—¿Qué quieres que te diga? No le veré hasta septiembre.
Mi madre, sabedora de por dónde iban los tiros, decidió entrar a saco, y lo hizo a sabiendas de la forma y el modo. Es evidentemente que no hay nadie en el mundo que conozca mejor a un hijo que su madre, y eso me consta.
—¿Le quieres? —me preguntó de sopetón.
—¡Mamá!
—Vamos hijo, que soy yo quién te ha parido. Desde que nos presentaste a esa chica, nunca te habíamos visto tan feliz. No querrás que te recuerde lo contento que te pones cuando hablas con ella por teléfono. Tu padre me ha dicho que hable contigo, ya sabes lo poco que es de romanticismos, esas cosas se le dan muy mal, por eso me ha encargado que lo haga yo.
—¿Qué te ha dicho?
—No es tonto y sabe demasiado de lo enamorado que estás, una cosa es lo que se siente, y otra es que te lo demuestre, tanto él como yo, no queremos verte así y queremos que seas feliz, eso nos hace serlo a nosotros también, no lo olvides. El día que seas padre, sabrás lo mucho que te quieren los tuyos.
—Mamá…—la abracé con toda la ternura del mundo.
—Mándale un mensaje o llámala, invítale a que pase unos días con nosotros, al no venir tu hermana, hay dos habitaciones que están libres.
—Gracias mamá.
—No me gusta que las puestas de sol… no sean románticas, y las vuestras lo eran, sin duda. Mañana a primera hora se lo dices a papá, antes de que se vaya a por el pan. Se hará el despistado, seguro. Pero te animará a que la invites, eso hará sentirse importante. Le gusta creer que toma las decisiones importantes.



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