sábado, 16 de abril de 2016

Volcanes de arena



No había aglomeración alguna en la playa, aunque ya se respiraba la promesa del verano. Felisa terminó de untar de crema la espalda a sus dos hijos, de cinco y siete años respectivamente, lo hizo también a su esposo, que, al terminar de colocar la sombrilla y las dos hamacas frente al mar, se acomodó en una de ellas y cogió el periódico para disimular su interés: observó de lejos a dos jovencitas que se aproximaban a donde estaban ellos.
Felisa dejó dos cubos con las palas y rastrillos para que sus hijos se entretuviesen con la fina arena, les advirtió que tuvieran precaución con no mojarse, ya que el agua estaba demasiado fría para tomar el baño. Borja, por ser el mayor, propuso hacer un castillo de arena, y así jugar con los dinosaurios que junto con las muñequitas de Ana, habían salido de la bolsa playera y, por consejo de la madre, dejaron espacio suficiente en la orilla para permitir el paso de la gente. El niño llenó un cubo de arena húmeda, una vez prieta lo volcó y al retirarlo, tras unos golpecillos, quedó un torreón compacto. Su padre se les acercó, aunque la verdadera razón era ver de cerca a las dos chicas que se acercaban en toples. Al pasar por delante, Felisa que estaba al tanto, por importunar, le dijo con sorna:
—¿Así es cómo juegas con tus hijos?
No se inmutó, y se quedó en cuquillas al ver a las dos chicas que se tumbaban a escasos metros encima de sus toallas. Al ver que los niños le miraban fijamente, les dijo:
—No tiene sentido que hagáis un castillo para jugar con los dinosaurios, os haré un volcán. En la época de los trogloditas los había a montones.
—¿Y cómo se hacen? —preguntó Borja.
El padre se puso manos a la obra, mejor dicho: a manosear la arena suponiendo que fuesen los pechos que estaba mirando.
Para disfrutar de las vistas de aquellas dos jovencitas, comenzó a componer un montículo de arena prieta y con una pala, por lo alto, fue vaciando el interior. Con el rastrillo le dio forma perpendicular.
—¡Dejad esparcidos a los dinosaurios! —les ordenó—, como si estuviesen descansando. Cada uno haced ahora un volcán, que os sirva éste de modelo, y ¡ojo! que en el mío pronto comenzara a desprender fuego. Por la boca.
—¡Estáis muy cerca de la orilla! —Intervino Felisa desde la hamaca—. Como llegue una ola os mojará y como pilléis un buen resfriado —miró con enfado a su marido y añadió—, no tengo nada en casa para la fiebre.
—¿Y dices que los volcanes echan fuego?— Preguntó Borja.
—Así es, lo escupen a la tierra. Es como si el demonio quisiera advertirnos de que el infierno está vivo.
—¡Que miedo!— Añadió Ana, al oír la palabra demonio.
—Ahora veréis como sale el humo por el cráter.
—¿Qué es el "cater"? —Quisó saber Borja.
—La boca del volcán. Que la mamá nos filme con su móvil, mandaremos un WhatsApp a la tía, para que se lo enseñe a la abuelita. Se alegrará de veros en el.
A escondidas y, con la mirada reprobatoria de Felisa, cogió del bolso playero una pajita de la que se utilizan para absorber el zumo, subrepticiamente la hincó en la parte trasera del volcán y se acostó estirado y escondió su cabeza, así podía ver a las dos jovencitas sin ser descubierto por los niños. Prendió fuego al cigarrillo.
—¿Y los dinosaurios qué hacen? —Preguntó Borja.
—Son los más fuertes, cuando el volcán comience su erupción, corren el peligro de que se queme con la lava.
—¿Cuándo sale el humo? —Preguntó Ana.
—¡Ahora!—Gritó su padre. Aspiró una fuerte calada y la fue expulsando por la pajita en el interior del volcán. El humo salía como por arte de magia.
Felisa filmaba la escena con sus hijos.
Llegó una gran ola y arrasó con todo, él quedo al descubierto. La secuencia provocó que los niños riesen a gusto, al ver a su padre mojado y con la el cigarro apagado entre los labios.
Antes de incorporarse, se dirigió a ellos:
—No habíamos tenido en cuenta los "Tsunamis".
—¿Y eso qué es papi?— preguntó Ana.
—Esperaros que me pase la tiritera, y os lo cuento.
—Te has mojado —añadió Borja—, pillaras fiebre.
—La calentura que tiene vuestro padre ya se la quitaré en casa —terció Felisa, y miró de barrunto a las dos jovencitas.


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