jueves, 7 de abril de 2016

TESTIGO OCULAR


La expectación era increíble, jamás se habían visto tantos medios de comunicación en los pasillos del Juzgado de Primera Instancia e instrucción número dos de Majadahonda. Aquel día se celebraba la vista oral por el caso de un accidente laboral de la sirvienta de Paz de Padilla; conocida cronista de la prensa rosa. El único interés de los presentes era verificar la versión del jardinero tras haber comentado en un plató de televisión el accidente en la escalera de caracol de la casa y que descubrió a la criada discutiendo con el esposo de la conocida presentadora en el balcón. La curiosidad se centraba en que el marido había sido citado a declarar y nadie conocía el motivo por el cual se le imputó, ya que fue el jardinero quien llamó a la policía y quien encontró a la sirvienta tendida sobre los escalones.
Se abrió la puerta de sala de vistas y salió la auxiliar de justicia; después de leer el nombre del testigo en voz alta se produjo un chismorreo hasta que, como salido de la nada, llegó a ella un hombre de aspecto normal y antes de permitirle pasar, le indicó que se acercara al centro de la sala donde había un pequeño atril con un micrófono.
La auxiliar entregó el documento de identidad del testigo al secretario judicial que, al comprobarlo, confirmó al juez que se dirigió al testigo:
—Como ya sabe, ha sido citado a declarar como testigo ocular del accidente que sufrió Paloma Torres y que usted mismo avisó a la policía. Conocemos su declaración sobre el asunto que nos ocupa, por tanto, deberá explicar en este acto todo cuanto se le pregunte para esclarecer los hechos, así que díganos lo primero que observó. Le recuerdo que se encuentra bajo juramento y según el Código Penal vigente, o sea… en caso de que manifieste falsedad, será usted sancionado por este tribunal.
—Manifiesta en su declaración que observó a la señora Paloma tendida en mitad de la escalera de caracol —le interrogó el fiscal—. Cuestión que no se comprende, por ésta fiscalía, el motivo por el que la mujer llevaba puestos los zapatos de tacón, ese tipo de calzado no es para el trabajo doméstico.
El juez, para darle a entender que había terminado la pregunta del fiscal, le invitó a que le contestara. Cosa que el testigo hizo con un alzamiento de hombros. El juez insistir de nuevo:
—¿Sabe usted ciertamente qué es una escalera de caracol?
—Claro que lo sé, redonda—con la mano derecha realizó un círculo—, hace poco, con mi mujer, subí por una de ellas en las torres de la Sagrada Familia, en Barcelona. Lo puedo probar.
—¿Recuerda usted en que tramo de la escalera estaba el cuerpo ? —la pregunta le llegó desde el lateral derecho. Giró la mirada y observó a una mujer muy fea que aguardaba su contestación relamiéndose el labio superior.
—Señoría, bastante hice con llamar a la policía como para fijarme en sus zapatos —contestó el testigo dirigiéndose al juez—. No lo recuerdo muy bien, lo que sí le puedo asegurar, es que yo mismo se los entregué al conductor de la ambulancia, estaban en la acera al principio del paso cebra.
A ninguno de los presentes se le ocurrió preguntar y para despejar la duda, el juez insistió de nuevo.
—Usted manifestó el día de autos a la policía que al entrar en la casa vio a la mujer tendida en la escalera. Y que había resbalado.
—No sé… resbalado no, atropellada sí.
El juez, asombrado, resopló y preguntó:
—¿Usted se llama: Juan Antonio Hernández Fernández?
—Señoría, yo soy Juan Antonio Fernández Hernández, el taxista que avisó del atropello de una señorita en el paso de cebra de la calle Tetuán, de lo de la escalera de caracol de Barcelona, no recuerdo nada…
—Por favor, abandone la sala,—le ordenó el juez y se dirigió a la auxiliar judicial que le permitió entrar—. Señorita, salga y cite a: Juan Antonio Hernández Fernández.


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