lunes, 11 de abril de 2016

Entre posturas


Aquella mañana de principio de primavera, Alicia de San Juan caminaba ansiosa por llegar al estudio de fotografía. Con sólo veintidós años media uno setenta y pesaba cincuenta y cinco kilos. Portaba con elegancia las medidas de cualquier modelo: noventa y cinco de pecho —gracias a la cirugía plástica—, sesenta de cintura y noventa de cadera. Resultó elegida para representar la firma de una de las marcas punteras en moda de trajes de baño. Se vistió con un pantalón ajustado, camiseta de lino cubierta con una chaquetilla de piel marrón y salió de su casa apenas maquillada y con la melena tan suelta como su autoestima.
Comprobó la dirección y llamó al timbre.
Le abrió la puerta el que debía ser el ayudante del que le hizo el casting. El joven la acompañó atravesando la vivienda, llegaron a una amplia sala que, por el compuesto ornamental, podría ser el estudio. En un rincón había un poste largo con una bandera en la parte alta que ondeaba con calma gracias al soplo del viento artificial que producía un ventilador de pie.
—Lo que más me gusta de la gente, es su puntualidad—dijo el fotógrafo oteando un reloj digital de pared—. Tenemos diez minutos para cada modelo. Podrás controlar el tiempo, al igual que nosotros.
El mismo que la había acompañado, añadió:
—Simularemos una playa, el poste es idéntico al que colocan la banderita para los bañistas, hoy está verde—mostró una sonrisa tan falsa como la escena en la que estaban.
Alicia observó el entorno y mesó sus cabellos.
—Cámbiate preciosa —le tuteo el fotógrafo—, allí tienes un albornoz y en la percha la colección de los bañadores… de izquierda a derecha. Comenzaremos con el negro. Puedes utilizar la mampara.
Dispuesta junto al poste, llegó el ayudante con el estuche de maquillaje. La observó detenidamente y aguardó indicaciones.
—No la cargues demasiado, que solo le resalten los ojos —apuntilló el fotógrafo—. Baja la potencia del ventilador, no quiero aire. El color negro tiene que ofrecer sosiego, como el luto en un entierro. ¡fúnebre total!
Con la distancia convenida y el trípode dispuesto, continuó:
—¡La luz solar que le llegue por la izquierda! —Atinó con el teleobjetivo de la cámara—. Coloca tus manos en jarras, así, vale, ahora abre un poco las piernas…. Sube tu mano izquierda al poste, como midiendo su altura. Agáchate, simula que quieres coger las gafas de sol, así. Mírame y muéstrame una amplia sonrisa. Cruza los brazos para unir esos dos falsos pomelos, eso es, mantente agachada. No, no dobles las rodillas. Ahora ponte recta. ¡Ponte recta! Coño. Enderézate como si quisieras subir por ese pollón…
Ella se estiró para coger la bandera y recibió varias tomas a modo de ráfaga, hasta que le volvió a indicar de una nueva postura.
—Sepárate del palo y agáchate como si te fuesen a cabalgar, así. No quiero ver tu culito nena, sólo la braga, separa el brazo y muéstrame el sujetador, deja tu mano sobre la cadera, así. Ahora levanta el hombro izquierdo. Estírate. ¡Estírate como una gata en celo! Vamos… no tenemos todo el día guapa.
El tiempo entre posturas no cesó, por ello, decidió cambiarse próxima al escenario. Con el último bikini colocado quedó curvada e inmóvil. Respiraba azarosa.
—Estírate y mira al techo—ordenó el fotógrafo.
—Lo siento, no puedo… —alegó balbuceando.
—Parece que se le ha agarrotado la espalda—opinó el estilista.
—No podemos parar, tan sólo nos quedan dos minutos y ése horrible modelo de bañador…. Estírate y terminamos.
—Lo siento—alegó ella—… No puedo.
—¿Cómo qué no puedes?
—Tanta postura me ha cargado la zona lumbar. Tengo espina bífida desde nacimiento.
El fotógrafo, extrañado, apartó su rostro del objetivo de la cámara y le preguntó a su ayudante:
—¡Bífida! ¿Eso qué es?

—Me suena a lengua de víbora…

1 comentario:

RosaGp dijo...

Sí, puede que fuera lengua de víbora la del mismo fotógrafo. Buen relato corto.