jueves, 21 de abril de 2016

ADN


—¿Le molesta que fume?
—Yo también me fumaría uno…
—Cójalo, no se preocupe. Me han dicho que quería contarme algo.
Después de entregarle el cigarrillo, el inspector leyó para sí el texto de uno de los folios que sacó de su carpeta y, cuando soltó el humo de la cuarta calada, miró al detenido de igual modo que lo había hecho a lo largo de su carrera policial en cualquier interrogatorio. Consciente, debía cuidar muy bien la forma en que tenía que conseguir que confesara su implicación en el caso de la anciana hallada muerta su el domicilio.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó el inspector.
—Yo no hice nada, fui a visitar a mi suegra aquella tarde, suelo pasar por su casa cuando mi esposa no puede hacerlo; la mujer era mayor y estamos pendientes de ella. El forense puede demostrar que se tomó un par de tabletas de los calmantes que le recetó el médico de cabecera, para dormir.
—¿Somníferos?
—Eso creo. Además no sé porque estoy aquí. Nadie me lo ha dicho todavía, así que, déjeme que me vaya a mi casa.
—Tenemos un testigo que le vio tirar la basura cerca de la casa. Puede que coincida en la hora en que murió su suegra y que usted la abandonó. La cuestión que nos hace dudar, es la “pasta” que la víctima tiene en el banco. Según su esposa —le miró con intensidad—, y que, es la que nos ha indicado que no se fía de usted, no tiene una economía muy boyante; por eso cree que usted se ha cargado a su madre. Hay una cuestión que me confunde: ¿Cómo consiguió tanto somnífero?
—Usted insiste… pues yo también lo haré. No tengo nada que ver. Mi suegra tenía ochenta y seis años y…
—¡Y doscientos mil euros en el banco!
La puerta se abrió y entró un agente uniformado, sin decir nada, cogió la colilla indicada por el inspector y la guardó en una bolsita de plástico, la cerró herméticamente y se despidió con el mismo viento que había llegado.
—Es para hacer una prueba de ADN. —indicó el policía.
El detenido quedó clavado. Cambio en varias ocasiones de postura hasta que cruzó los brazos sobre la mesa y se interesó:
—¿Pueden hacerla sin orden judicial…?
—La tenemos, es más, ahora con los nuevos métodos, en nada nos remiten los resultados. Encontramos en la casa varias pruebas que nos pueden ayudar a comprobar la coincidencia de su ADN. Así que, dígame la verdad.
El inspector, al suponer que tenía al preso a su antojo, para darse un tiempo, se dedicó a revisar los papeles de su carpeta, prendió otro cigarrillo y añadiendo tono paternal continuó:
—El tema está en que tenemos que hacer una investigación, aunque sea rutinaria. Si confiesa y nos cuenta la verdad, puede que salga mejor parado.
El detenido, con el permiso del inspector, cogió otro cigarrillo y después de prenderlo, ninguneando, observó cada metro cuadrado de aquella sala que apestaba como la celda en la que había estado durante las últimas horas.
Arrastrando cada palabra declaró:
—Yo sólo deshice en un vaso todas las pastillas que encontré en su mesita de noche. Mi suegra solía tomarse un vaso de leche antes de acostarse. La mezcle con una cucharada de azúcar para anular el sabor de los medicamentos. Lo demás, ya lo saben ustedes.
—Ahora lo que le conviene es buscarse un buen abogado. No le recomiendo que sea de oficio. Firmará su declaración junto con la lectura de derechos que le asisten, ya sabe: tiene derecho a guardar silencio, a no declarar en su contra, una llamada de teléfono a quien usted indique, asistencia letrada… etcétera.
—¿Cuándo recibirán el resultado de la prueba?—preguntó el detenido.
El inspector se levantó y estiró su espalda antes de responder.
—Lo de la colilla es un viejo truco. ¿Cree usted que el Estado se va a gastar seiscientos euros en una prueba de ADN.?¿Sabe usted que llevo diez años con el sueldo congelado? ¿y cree que se van a gastar la pasta en una prueba para una anciana de ochenta y pico de años? Que tan sólo comporta costes sanitarios a la Seguridad Social… venga, no me joda.
—¿Entonces?
—Lo dicho, búsquese un buen abogado.



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