miércoles, 23 de marzo de 2016

La camarera del crucero


No tengo muy claro lo que aquí les voy que contar, por ello, he decidido hacerlo de la forma más sensata para que ustedes me den su opinión: mi esposa y yo decidimos concertar un crucero por el mediterráneo, no fue el que habíamos  soñado, pero sí el más se adaptaba a nuestra económica y, a principio de junio, nos embarcamos en el PREZIOSA, uno de esos barcos de la compañía CRM que en realidad son como las unas ciudades flotantes y que no lo pienso describir al no ser lo fundamental del caso. Después de embarcar en el puerto de Barcelona, con rumbo a Francia, nos dimos un paseo por la cubierta observando el precioso atardecer; digno de los pinceles de Altdonfer. Llegada la noche, decidimos entrar en uno de los restaurantes y, acomodados en una de sus mesas, nos atendió una camarera que yo creí que era un hombre. Al ver de cerca su rostro, con la piel tan fina como la pantalla de mi tabblet, me convencí de que estaba equivocado. Ella, al descubrir que era nuestra primera cena a bordo, nos aconsejó un menú suave, cosa que, apenas terminé con el postre, me fui rápido al retrete donde vomité hasta las madalenas del desayuno de aquel día. De regreso al restaurante, estaba esperándome junto a mi esposa para entregarme una pastilla y entre las dos me llevaron al camarote, donde quede a solas porque mi esposa la acompañó de regreso al restaurante.
Al día siguiente llegamos al puerto de Marsella y tras desembarcar, visitamos la ciudad por los lugares que ustedes se pueden imaginar. De nuevo en el camarote y tras ducharnos, mi esposa se empecinó en volver al mismo restaurante; alegó que le había gustado el menú y me sugirió que debería agradecerle a la camarera la atención que había tenido conmigo la noche anterior. El resto del crucero resultó de la misma forma: noche navegando y de día visitando las ciudades que habíamos concertado, hasta que llegó la cena de gala que se celebró en un gran salón de la misma planta en la que estábamos hospedados En un lateral estaba una larga mesa presidida por el Capitán y miembros de la tripulación. La cosa es que la camarera tenía ese día descanso, por lo cual, mi esposa la invitó a que cenara junto con nosotros. Al terminar y hacernos las fotos de rigor, comenzó el baile, aunque mi cerebro ya lo hacía desde el mismo día que embarcamos, sin embargo, mi esposa y la camarera bailotearon alguna que otra canción; hasta una romántica.
La Biodramina cumplió su efecto a la perfección y finalizada la velada, nos despedimos y marchamos al camarote, apenas me quite la ropa, el teléfono de mi esposa recibió un WhatsApp que, después de leerlo ella, me dijo: Es de la camarera, me pone que no tiene sueño y que si me apetece una copa en la sala Apolo, estoy invitada. Yo tenía ganas de otra cosa que ustedes se pueden imaginar y tampoco pienso descifrar (ella llevaba puesto el conjunto de ropa interior que a mí me gustaba). Al verla tan animada, le di un beso y, resignado, me acosté. No sé si gracias al somnífero que tomé: una pastilla que concebía al consuelo del sueño a los insomnes, pude dormir como un lirón hasta que mi vejiga necesitó ser evacuada. Al levantarme de la cama, descubrir que ella no había regresado y ya se reflejaban los claros del alba por la única ventanilla del camarote. Apenas volví del aseo escuché como se abría la puerta, se acostó al sospechar que yo permanecía dormido.

El caso es que ahora estoy en el mismo puerto donde partimos hace ocho días y ella se ha quedado a bordo para despedirse de la camarera. Hace un rato que intentó comprender el texto que me ha enviado en su WhatsApp, y dice así: No me esperes, quédate con todo, que yo me quedo con la camarera. Le he contestado preguntándole: si era una despedida, y ni tan siquiera me ha contestado. Por ello, como les dije al principio, he decidió que opinen del resultado de mi crucero por el mediterráneo, aunque yo sospecho que ella lo que más le ha gustado ha sido la camarera.

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