viernes, 6 de noviembre de 2015

HALLOWEEN



Jacinto se encontraba frente al televisor, sentado en el sofá, cuando llegaron sus dos hijos y se le acomodaron uno a cada lado. El mayor tenía nueve años y alegaba que estaba harto de jugar con los disfraces terroríficos de Elena, su hermana, dos años menor. Su padre atendía un programa de política, asió el mando de la televisión para buscar algo que les pudiese entretener hasta la hora de cenar, su esposa terminaba el turno en el hospital a las diez, y por tanto, no llegaría pasada esa hora.
—Podríamos ver las fotos de miedo de Port Aventura —dijo su hijo.
Su padre alegó que no funcionaba bien el reproductor.
—Disfrázate y le daremos una sorpresa a mamá.
—Eso papi —añadió la niña colocándose frente a ellos—, como aquel monstruo que nos salió en la casa de miedo en un cementerio del parque, estuvo guay, yo me mee encima y mami me tuvo que cambiar las braguitas.
Jacinto consultó la hora en el teléfono y decidió ningunear hasta que se les pasase la idea. Cosa que no iba a suceder, ya que el niño insistía dirigiéndose a su hermana:
—Estaría guay que estuvieses disfrazado para cuando vengan los niños de la escalera, el año pasado recogimos muchos caramelos. Si no hubiese tenido calentura estaríamos con ellos —Miró a la hermana.
Permanecieron los delante como estatuas. Su padre se levantó y en el aseo se miró frente al espejo, puso el estuche donde la esposa guardaba los utensilios para maquillarse. Llegó su hija con la masacra de látex de una calavera y su hijo con el pijama.
—Papi póntelo, lo puedes romper —alegó la pequeña—, mami dijo que no lo lavaría jamás, así parecerá que sales de la cama como un zombi.
Una vez pintado el rededor de los ojos en negro, Jacinto se puso las extensiones de cabello, la máscara y también un gorro de lana para que todo quedara sujeto en la cabeza. Escudriñó el pijama y ciertamente estaba para tirarlo a la basura, le hizo algunos trazos y con un poco de zumo de tomate lo untó en varios sitios. Se miró en el espejo de la entrada y quedó convenció de que parecía un verdadero muerto viviente.
Llegó su hijo con un cojín y se lo entregó.
—En la espalda, parecerás un jorobado.
Lo sujetó con una cuerdecilla atada a las cuatro puntas como si portara una mochila.
Cubierto con la camisa inició una ronda de posiciones delante de ellos que comenzaron a simular estar asustados escondiéndose en cualquier sitio de la casa. Sin que se dieran cuanta, se acercó a la nevera y sacó una bandejita de beicon, lo hizo a tiras y se metió parte de ellas en la boca hasta quedar la mitad de la tajada, al saber que estaban cerca del comedor, abrió los brazos y les conminó:
—¡Ya me he comido a un niño! Ahora tenga más hambre…
Sonó el timbre de la puerta y su hijo salió corriendo hacia ella.
—Seguro que son mis amigos de la escalera que vienen a por los caramelos. ¡Truco o trato! apaga la luz papá y abriré para que les recibas.
Jacinto cogió la linterna que tenía en el bolsillo y se la colocó para enfocar su rostro tétrico, se detuvo delante de la puerta y aguardó a que su hijo la abriera, entretanto, la niña se colocó tras él para dar un buen grito.
Dispuesto con los brazos en alto, ordenó al niño que abriera lentamente. Sin embargo, lo hizo de tirón.
Casualidad que se apagó la luz de la escalera, Jacinto lanzó un gruñido que fue continuado por el chillido estridente de su hija, al pronto vieron que era la vecina, una anciana que vivía en el mismo rellano y se desvanecía por momentos hacia él, por suerte, y al tener los brazos como un Cristo, la pudo contener sujetándola de los sobacos, aunque por el peso de la mujer, la tuvo que ir dejándola caer en el suelo.
Los niños la rodearon asombrados.
La mujer abrió los ojos a media caña y al ver el rostro de la calavera iluminado por la escasa luz de la linterna, soltó un  suspiro y balbuceó:
—Quería saber si podría ir  mañana al cementerio… con vuestro coche, mi hijo no puede...
—Papi, doña Concha se ha meado—dijo la niña.

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