miércoles, 28 de octubre de 2015

Los ancianos en crisis





Tras darse la vuelta en la cama, cogió el reloj de muñeca que permanecía debajo de la almohada y, con ojos entumecidos, miró las varillas fluorescentes que marcaban las siete y cuarto de la mañana). Toda su vida había despertado a esa misma hora para acudir al trabajo. Se levantó y se acercó al aseo. Después de orinar permaneció dubitativo, no sabía qué hacer: si tirar de la cadena, o esperar que alguien se levantara. Era domingo y tenía por costumbre acercarse a la panadería, cosa que hacía desde que se instaló en aquella casa con su único hijo al quedar viudo y no ser capaz de freírse un huevo de los de mojar con pan.

Cuidadoso, tiró de la correa de la persiana para ver el nuevo día, de no hacerlo, seguro que su nuera le recordaría el último pago del recibo de la luz. Después de vestirse, quedó sentado en la única butaca que había en su habitación y aguardó pendiente a que despertasen los demás. Podría adelantar su salida de la casa, pero con toda probabilidad molestaría al cerrar la puerta y despertaría a los niños que dormían en la habitaron continua a la suya; al ser festivo su madre les había permitido acostarse más tarde de lo habitual.

Tras dejar a uno de sus nietos en el colegio, se encontraba en un banco de la plaza de España; aguardaba la llegada de las palomas para desmenuzar el trozo de pan que le sobró del día anterior. Descubrió cerca de una de ellas que mantenía el equilibrio sobre la rama de un pino.

Apenas una miga tocó el suelo, la miró como el primer día en que se instaló en aquella ciudad, nada había cambiado desde entonces: compró una barra de pan y regresó a casa para desayunar dos tostadas untadas con aceite de oliva. A veces se preguntaba el por qué de aquella costumbre, si el único que comía pan era él y ahora, aquellas palomas reagrupadas, picoteaban el mismo cacho para conseguir mayor porción. Recordó cuando en el pasado las alimentaba su padre junto con gallinas y conejos en la casa del pueblo en donde vivía. Los domingos su madre solía cocinar arroz con palomo, alcachofas, o con cualquier otra verdura de temporada. Una mañana lo propuso a su nuera y se enfureció, hasta uno de los nietos le increpó cuando le indicó que podría conseguir alguna de las que ahora tenía entre sus piernas. Levantó la miraba para espantar sus deseos y observó a su nuera, por costumbre caminaba como si el mundo se fuera a terminar ese mismo día. Con cierta tendencia a lo teatral y sin hacer nada por evitarlo espantó a las palomas y tras un falso carraspeo quedó frente a él.

—Ya está todo aclarado, esta noche dormirá fuera de casa —le dijo a modo de quién relata una sentencia.

—Me lo suponía…

Ella tuvo que adelantar la cabeza para oír la respuesta.

—Así lo acordamos —añadió la mujer—, sabe que su hijo se lo aconsejó. Nos han avisado del asilo, hay una plaza libre.

—Por seguro será de uno que ha muerto —resopló para sí.

En anciano recibió un beso por despedida y ella marchó con el mismo frenesí que había llegado. Apenas quedó a solas, las palomas volvieron a reagruparse para picotear las migajas de pan. Mientras, él miró la fotografía en la que estaba con su esposa, a la que había perdido hacía el mismo tiempo que vivía en aquella capital, tan lejos de su casa y de su pueblo natal. Dos lágrimas brotaron de sus ojos que ni se molestó en replegar. El chirrido de las ruedas del andador de su amigo le sosegó; al terminar de lanzar la última miga le tenía frente a él sentado en aquel artilugio polivalente, su amigo aguardó a saludarle al verle con ojos vidriosos.

—¿Qué tal estás?  —Le preguntó el recién llegado.

—Échale aceite a las ruedecillas de tu carrillo, chirrean —le miró y añadió de sopetón—. ¡Hoy dormiré en el asilo!

—Mira lo que he traído —Le mostró la palma de la mano.

—¿No te llega para comprar un paquete?

—Es un porrete

—¿Otro?

—¿Nos lo fumamos?

—Ya te advertí que nos engancharía.

—Más tiempo estuvimos con el Celtas y los Ideales. Acuérdate, el domingo pasado soltaste una carcajada que casi pierdes la piñata.

Le mostró una sonrisa lacónica y añadió.

—Haberte traído uno para cada uno. Celebraríamos mi independencia. Según la bruja de mi nuera, hoy dormiré fuera de la casa de mi hijo.

—¡Oye! que esto cuesta, no te creas que a mi nieto se lo regalan, es marroquí y del bueno, la china le sale a cinco euros. O sea, casi mil pelas.

—¡Es mucho dinero!, con los recortes no podemos permitírnoslo. Fíjate que la crema para los hongos, ya no me entra en el seguro.

Su amigo miró a su alrededor y al cerciorarse que no se aproximaba nadie, acercó su cuerpo sin menear el andador y con voz baja insistió:

—Tendrás que pasarme algo, una caja de Almax, o de Transilium.

—Es mucho lo que me pides por un par de porros. El Almax ya no lo cubre la seguridad social y me hace falta para dormir, mi nuera le da mucho al tomate frito y al pimentón. Y encima me compra vino cabezón, me sienta mal. Me repite. Y eso ella lo sabe. Te puedo pasar algo de paracetamol.

—¡Fíjate! Se lo puedo vender a mi yerno, el “Transilium” a mi hija, mi nieto dice que lo que más se cotiza es el "Ibuprofreno", del granulado, es para mezclar con —se le aproximó—, cocaína. Cuando estés en el asilo puedes conseguir bastante. Allí os dan de todo, no hay límite con tal de que a las enfermeras las dejéis en paz. Me lo ha dicho uno que conozco y que fue quién me quitó la novia cuando hice la mili. Hablo con él lo justo. Ahora, está muy bien enterado del trapicheo interno. Comercia con la crema para almorranas.

—¡Eso es tráfico de estupefacientes!

—¿Y qué quieres? Vivir con esta rutina… ¿Qué nos queda?

El que estaba sentado en el banco sacó de su bolsillo el mechero y prendió el porro. Dio dos pequeñas caladas y una intensa, al soltar la primera voluta de humo apestoso descubrió a lo lejos a un par de policías que salían de unos matorrales, su amigo con voz queda le reconfortó.

—Tranquilo, somos disolventes.

—¡Insolventes! Cosme… insolventes. No creo que tenga que trapichear para costearme los vicios. Según mi nuera, hay que añadir algo de mi cartilla, según yo, me deja lo justo para que pase el mes. No quieren que venda la casa del pueblo, dicen que es mala época, ni que yo tuviera que durar cien años.

—El asilo no es lo mismo que la residencia.

—¿No?

—Al no llegar las subvenciones, tienes que ir pagando la parte que les falta al coste mensual; con lo que te queda de paga no es suficiente. El trato es: tú contrólame el asilo y yo me ocupo del la residencia. Tengo unas cuantas amigas que los domingos, antes del baile les gusta darse alguna calada, eso les hace que pierdan la vergüenza. ¡Bailan como trompas!

—¿Cómo conseguiste entrar en la residencia?

—Mis hijos son muy listos, dejaron mi cartilla a cero. Vendieron todo lo mío y se lo repartieron. Está pendiente lo que los de Bankia me liquiden las acciones preferentes. Es un pico, les dieron poderes a los del asilo para cobrar cuando me devuelvan el dinero.

—¡Apágalo que vienen los policías!

—¿Qué te apuestas que por culpa tuya dormimos en la cárcel?

—Seguro que estaríamos mejor… y de gratis.

—¡Oye! Pues no sería mala idea.

—Chiiiii… que me da subidón.

 PUBLICADO POR EDITORIAL TALENTOS: X1 CERTAMEN LITERARIO DE GENTE MAYOR PROSA Y VERSO 2015

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