viernes, 16 de octubre de 2015

De parto




Aguardaba a que mi esposa entrara en el quirófano sin soltarla de la mano. Atento a las contracciones, no perdía ojo a cada gota al liquido que bajaba de la bolsa de plástico que pendía sobre aquella camilla rodante. ¿Era miedo?, terror, o pánico lo que yo sentía? No lo sé. Ni lo puedo explicar.
      Al fin, la puerta se abrió de par en par y apenas el celador dio el primer paso hacia la camilla, la miré a ella con solemnidad; fueron muchas las ilusiones que compartimos en tan breve espacio de tiempo. Se cerraron las puertas a la vez que se abría en ni corazón la soledad. Entre minutos que parecían eternos, observaba aquella puerta sellada deseando rescatarla y besarle abrazado a ella. Al fin se abrió y salió un hombre que mostró una sonrisa al quitarse la mascarilla tan verde como el resto de su atuendo, me estrechó la mano.
— Todo ha salido bien. ¡Enhorabuena! es una niña preciosa.
























      




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