viernes, 18 de septiembre de 2015

La granja de caracoles

 
A media mañana, un funcionario de correos me entregó el tubo de cartón, podría medir ochenta centímetros de largo y con un diámetro que apenas superaba los diez. No permití que me devolviera la peseta que sobraba del billete de cinco mil que le entregué, y cerré la puerta con el único interés de que no me descubriera mi esposa; había salido para hacer la compra. Me fui directo al comedor y con la debida diligencia desempaqueté aquella granja de caracoles que, según la revista "Pronto" de aquel septiembre de 1988, me haría rico en menos de un periquete. Separé ocho listones largos y cuatro cortos, según la hoja de las instrucciones, debían de componer un cuadrado, luego deslié la tela metálica y la fui ordenado hasta cubrir los laterales, el suelo, era el mismo en donde debía de estar, para ello previne un cubo de tierra de un huerto cercano. En la parte alta tenía que colocar un cable de cobre con una resistencia para que el caracol cuando trepara no pudiese escapar al sentir la corriente eléctrica. Dejé la granja en el rincón del balcón; un termómetro en el suelo debía comprobar la temperatura. Ya estaba todo listo, solo faltaba dejar en el interior los doce caracoles que venían en una bolsita de rejilla y, por ser hermafroditas, no importaba el lugar.
Quedaba que mi esposa diese el visto bueno, o al menos me lo agradeciera, ya que según aquel panfleto podría criar miles de caracoles al año. Me fui a la cocina y cogí una lista de los bares que les comenté de mi inversión, y cinco de ellos, ya se habían comprometido a comprar parte de la cosecha. También estuve con un hombre que los vendía en el mercadillo de los sábados, me dijo que el precio variaba según la demanda, los vendía a doscientas pesetas el quilo. Eran ideales para el arroz y la paella. Consulté la hora en mi reloj y comprobé que en poco tiempo llegaría, en nada, escuché como se abría el cerrojo de la puerta de casa. La espere. Vino hasta el balcón y allí se quedó plantada observando mi futuro empresarial.
—¿No me dirás que te has gastado los mil duros que nos fio mi madre?
—Cariño, fíjate con ésta mísera inversión seremos ricos.
—¿Ricos? Eso lo seremos el día que salgas de la cola del paro.
No muy convencida me dejo a solas y eso me dañó, tanto que reaccioné como un niño chico al cual le han roto su juguete. Llevaba más de un año en paro y pensé que la crianza de caracoles sería una buena salida. Decidí no hablar más del tema hasta que se lo pudiera demostrar. Aquella semana fue la más silenciosa en nuestro matrimonio, ella tuvo que dar una explicación razonable a su madre, y yo permanecí sin apenas abandonar la granja, aunque ningún caracol se había movido del mismo lugar en que lo había dejado. Dos semanas más tarde, y tras las intensas lluvias, un amigo me alivió al comentarme que los había a montones por el campo.
Tras una velada estupenda, ella se dispuso a razonar conmigo.
—¿No te das cuenta que es un timo? No crees que si eso fuera cierto, más de uno estaría colocado, hasta los mismos de los bares que te los han encargado.
—Según el anuncio, en un año seremos ricos —Insistí.
—Pues según yo, te han timado cinco mil pesetas.
—No tanto, cuatro mil novecientas noventa y nueve…
Pasado un mes, ya no les atendía con tanta frecuencia, hasta que un día me ofrecieron un trabajo en un almacén de cosméticos. La vida nos cambio y la fuimos retomando con menos tensión. Aquel trabajo me tenía el día ocupado por tener que repartir en toda la comarca, y por ello, paraba a comer en cualquier bar de carretera. Un día de aquellos, llegué tarde por tener que dejar cargado el camión para el día siguiente, al entrar en casa aspiré un olor especial que me trasladó de inmediato a mi infancia. Antes de ir a la ducha, le pregunté a mi esposa:
—¿Qué hay para cenar? Huele de maravilla…
—Arrocito con caracoles, el mismo que a ti te hacía tu madre.
—¿Los ha traído ella?
—No, son de nuestra cosecha, los doce que habían en la granja, no hacían otra cosa que soltar baba por la tela metálica.
 

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