martes, 22 de septiembre de 2015

El flechazo


 

Como empujado por un ser superior, me dirigí al embarcadero y, con el cuerpo tan sereno como el mar, llegué hasta el salón de proa en donde la conocí. Es el momento en que el barco se dispone a realizar la última excursión por la costa con el ocaso que mostraba un azul que se fundía sobre las aguas tranquilas de aquella bahía. Las mesas están todas ocupadas, queda un taburete libre en la barra que esta tal solo como yo, me siento en él y observó el entorno con disimulo y descubro que un pintor tuvo la idea de plasmar aquel lugar en uno de los cuadros que se encuentra detrás de la barra. Pido un vermut y apenas el camarero deja la copa en el portavasos, la voz de ella susurra en mi oído, me giro y mi corazón parece querer sobrepasar las revoluciones del motor de la embarcación que comienza navegar, la saludo con la mirada y ella me da un beso. No sé qué decir. Me separo del taburete y se lo ofrezco, ella se mantiene en pie y sonríe. Embelesado, doy un sorbo al vermut,sin dejar de admirarla.

—Desde que te conocí aquí mismo, no he conseguido olvidarte—. Le digo, y ella se me acerca hasta que vuelvo sentir su aliento en mi rostro.

—Sabía que regresarías...

—No he deseado otra cosa que volverte a ver.

Pide al camarero lo mismo que bebo yo, sonríe, y yo la imito. Juntos admiramos aquella puesta del sol.

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