jueves, 17 de septiembre de 2015

Cuatro esquinitas


Por haberse ido mi esposa a cenar con las amigas, me tocó a mí acostar a nuestro hijo pequeño. A pesar de mi anegación, le permití que se durmiera entre mis brazos y cuando le dejé en la cuna, no sé porqué, se puso de rodillas y quedo sujeto a la barandilla, tras escupir el chupete, exigió:
—¡Las cuatro esquinitas…!
No supe que responder y estuve trabado. Me vino a la memoria algo que escuché a mi mujer cuando lo acostaba cada noche.
—¡Cuatro angelitos guardan mi alma! —continuó el niño.
Al verme mudo se acostó y quedó mirándome fijamente.
—Cuatro esquinitas… 
—Así no me voy a dormir.
—Llamaré a la mamá, que te la cante ella por teléfono.
—Lo sabía.

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