sábado, 9 de mayo de 2015

Las cincuenta sombras de Goyo García


 
Goyo García camina sin sosiego hacía su casa, una planta baja cerca de la playa donde pasa el verano, presume que hay sombras de mujeres desnudas que le persiguen y duda sea las cervezas que ha tomado al finalizar su jornada laboral. En ocasiones dejan de hacerlo cuando él se detiene. Con lánguidas miradas de desdén calcula que son más de cincuenta. Algo le hace desvanecer y logra llegar renqueando a un banco donde se acomoda. Mira enredador y palpa su pecho, supone sea producto del ansia por hacer el amor con cualquiera. Hasta con uno de los tubos que lleva en la furgoneta.
Una voz le llega proveniente de un eco vacío: ¡No ronques! A continuación varios chasquidos. Mira hacia arriba como si estuviese en una oquedad y no encuentra nada. Busca alguna de las sombra con formas sinuosas y sólo ve claros entre las ramas que le muestran un cielo apagado.
Alguien desde atrás suavemente intenta taparle la boca con la mano.
Suena su teléfono y hace espantan su ansia sexual. Lo agradece por sentirse como un viejo calentorro, recuerda cuando instaló un termo de gas, tuvo que hacer dos agujeros en la caja y ponerla delante de la ventana, para así otear de como una joven mesaba sus cabellos mientras se atragantaba con los besos del amante. Frente a él, se acomoda un hombre de edad similar y una señorita le encabalga, poco le importa que se descubra la ausencia de sus bragas. Eso hace que le brote un sudor frió incapaz de sosegarla. Sus meneos son sinuosos y parecen invitar a los les miran.
Desvía la mirada y sobre un tronco de un pino hay otra figura de mujer abierta de piernas que recibe los mordiscos en su cuello de quién la posee. Goyo García se levanta del banco para desaparecer, presume que las sombras le persiguen un perrillo fiel, ahora le muestran deseos de lascivia como los que en su mente amaga.
Huye sin mirar atrás, como los de Sodoma y Gomorra.
Las extrañas siluetas intentan cubrir su cuerpo y siente una soga que le inmoviliza, pierde elasticidad en sus extremidades, duda ante la sugerencia de una de ellas que le insinúa silencio y perdura su compostura y él se somete sintiéndose cómodo. Triunvirato se deja llevar hasta el abismo de su locura, las cuerdas le presionan, tanto, que sumiso, intenta dibujar la sombra remplazada por la luz de la farola, tan amarillenta que le llega a deslumbra.
Cuando cree llegar al sosiego ladino, suena de nuevo su teléfono móvil, escucha la voz atiplada de la secretaria de la empresa de fontanería para la cual trabaja y le indica que la señora Julieta: no puede lavar los platos y le urge desatascar el fregadero por tener invitados para cenar. A Goyo García apenas le queda tiempo, por suerte, porta su caja de herramientas en la furgoneta. Camina preso de lujuria, presiente que las sombras de la inmoralidad todavía persisten. Se acerca al apartamento y antes de tomar la entrada mira con intención de despedirse de aquellas siluetas provocadoras. Un quinto piso, al menos ventilado por la brisa calma que llega desde el mar. Apenas se abre la puerta le recibe la clienta, porta un camisón de los que venden a precio de saldo los negritos.
La mujer parece estar caliente, ya que sujeta en su mano un abanico y no cesa de ventilar los pelillos de su tez bronceada. Conocedor del apartamento, va directo a la cocina, de soslayo atisba en la mesa del comedor: Las sombras de Grey. Mismo que leía su esposa, y que él ha terminado con la trilogía. Y quizás fuese la culpa de aquellos sueños que ahora le envuelven y no le quitan el desasosiego por desatascar cualquier cosa atascada, con su desatascador embraguetado.
Para Goyo García, es la musa de sus sueños. Es el cuerpo que ha ocupado su mente en ocasiones sirviendo para que, a solas, se complazca a sí mismo con la diestra.
—¿Lo has leído? —le pregunta la mujer de sopetón.
—No, no me gusta leer, suelo esperar a que hagan la película —Contesta y aguarda a que ella se trague el embuste. Como se tragaría otra cosa.
—Pues yo… No puedo con más de un capitulo, me entran sofocos. No sé si es la menopausia, o la gana de pitopausia. Tengo hasta taquicardias. Mi esposo hace meses que su único interés, es el chocolate.
—Es que esta muy rico.
—No me refiero a ese.
—¿Entonces?
—Al de fumar, tiene camello propio.
Ella continúa atosigando el palmito para ventilar su rostro. Él le permite el paso y así poder verla al trasluz. La trasparecía de la tela se ocupa de perfilar las formas idénticas a las que le persiguen, y ahora, él la sigue.
De nuevo le llega la voz: ¡No ronques!
Goyo García mira el fregadero, sabe dónde la mujer guarda el desatascador con forma de esquila, lo coge y lo inyecta en el desagüe de la pila, una y otra vez. Al comprobar que no traga, decide hacerlo por la parte baja desenroscando la tapa del sifón, previamente coloca una cubeta para que el agua no se esparrame, luego con un destornillador huronea su interior, como quién se hurga la oreja con un palito de algodón. Para mejor aplicación en la tarea, se introduce hasta quedar su cogote pegado a la pared y descansa la espalda curbada. Entre la separación de los senos de la pila de acero. Puede ver a la señora Julieta sentada frente a él, en un taburete. Sus piernas se abren y cierran como unas tijeras. Eso le pone nervioso y no atina su cometido. Insiste la voz que parece retumbar desde en el interior de aquel diminuto espacio: ¡Déjame coño!
Desiste. Otra vez una mano intentaba sellarle sus labios. Ningunea y silabea para espantar sus miedos.
—¿Cómo lo ves? —Se interesa la mujer, que simulaba tener cuarenta años, aunque por el código de barras del labio superior supere los cincuenta.
—Queda algo dentro, no sé si podré desde aquí —resopla Goyo.
Los ojos de él no pueden ser vistos por los de ella. Por ello, la mira furtivamente entre la pila y el sifón. La mano de la mujer se acaricia por encima de su braguita de color estampado. Él disimula encabalgando una pierna sobre otra, y así amaga lo que teme sea descubierto en su entrepierna abultada. Cae sobre la cubeta una masa de macarrones. Limpia y enrosca el tapón al sifón y le sugiriere:
—Acérquese y abra el grifo, poco a poco.
—¿Para qué? —alega ella, por no dejar de palparse.
—Quiero comprobar que no pierde.
—La que está perdida, soy yo…
La mujer se levanta y se acerca hasta quedar delante de la pila. Abre las piernas tal cual fuese a montarle a caballo, y queda como un péndulo en el centro de su cuerpo. Abre el grifo y deja caer un hilo de agua. Ambos escuchan como traga el sifón. Goyo García coge un pequeño espejo que utiliza para ver la parte trasera de las tuberías en espacios reducidos y lo coloca de forma perpendicular para captar la parte de sus bragas y que descubre que ahora no lleva. Eso le hace dudar. Mirar el entorno para cerciorarse que no es una de las sombras. Decidido, abre sus piernas, cosa que hace abrir las de ella, y atina de nuevo con el espejillo hasta ver lo que desea. Necesitaba darse una friega. Llega de nuevo una voz sibilante: ¡Tate! Déjame.
Se otorga un sosiego y resuelve:
—¡Parece que traga bien!
La mujer se agacha hasta colocarse en cuclillas y llega a posar su culo encima de su rodilla. Sin poder evitarlo, él la acaricia con su menisco, y ella, al tiempo, le sujeta las manos, cosa que él admite tras añadir una caricia.
Ella le sugiere salir del pequeño cubículo, y ya estirado en el suelo de la cocina intenta desabrocharle la correa de su pantalón tejano, al tiempo busca sus pechos alargando sus manos como un zombi para salir de una sepultura. Goyo descubre su calzoncillo impoluto, mismo que inauguró el día anterior y que ahora lo lleva puesto del revés para evitar rozaduras.
Escucha de nuevo la voz como salida de un túnel: ¡Quieres dejar de roncar!, ¡Deja ya joder!, Vaya nochecita. ¡Tate quieto!
Esta vez, los improperios se han alargado, tanto que en su cerebro ha reconocido la voz que los produce, eso le preocupa, y para salir de duda, abre sus ojos y atina la mirada; descubre la misma lámpara que hace años cuelga de su dormitorio. Recuerda que la colocó cuando contrajo matrimonio con Bernarda. La observa. Se convence y resigna por tenerla al lado.
Su esposa le encabalga y se coloca delante de su cara, con aquellos rulos cubiertos de una rejilla de las que agrupan el kilo de mejillones. Goyo García muy delirante mira por cada rincón de la habitación, todo es diferente a lo que soñaba, eso le sugiere recapacitar. Ella tras recriminarle con mirada inquisitiva, queda a su lado, le muestra el culo como la burra al mulo con distancia holgada para evitar ser sobada.
Él intenta continuar el sueño que estaba supliendo aquella realidad. Levita hasta llegar de nuevo al apartamento con la señora Julieta, y nada. Decide contar borreguitas. Escucha un fuerte ronquido de su esposa. Luego otro, hasta que llegan a ser continuos.
Se le acerca a su oído y le susurra:
—No ronques…
La mujer se coloca panza arriba y remete con gemidos que parecen hacerla estremecer de placer. Goyo García presume que las sombras ahora están con ella. Aguarda impaciente mirando la lámpara.
 
 

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