domingo, 31 de mayo de 2015

El último amanecer


 

María se despidió de sus hijos en la entrada principal del asilo, los cuatro habían decidido y ella lo había entendido. Fue el pequeño, por tenerle más confianza, quien le dio la noticia.
Aguardó sujeta al andador hasta que el último de ellos abandonó la zona del estacionamiento. Después, con solemnidad, fue a su habitación y dejó su escueto equipaje en el armario que le asignaron. Colocó el camisón debajo de la almohada, como acostumbraba a hacer en casa; sobre la mesita de noche dejó una foto que tenía con su marido y otra con sus hijos y nietos.

El resto de la tarde anduvo como pérdida por todo el centro, olía a incienso y lejía, llevaba consigo muchos recuerdos que la mantenía ausente. Una monja le anunció la apertura del comedor al encontrarse con ella, le contestó que no tenía hambre y que sólo quería descansar.

Se acostó y rezó el rosario, tuvo que conformarse con que nadie le diera un beso, ni tan siquiera las buenas noches. Resignada miró por el ventanal por el que pensaba que también vería amanecer. Tomó la pastilla para dormir con un sorbo de agua y se quedó mirando el techo que se difuminó al inundársele los ojos de lágrimas. Sin inmutarse dejó que bajaran por las flácidas mejillas.

De pronto un haz de luz la despertó. Quiso que su compañera lo admirara con ella y la llamó pero no consiguió que le contestara. El haz era cada vez más intenso, tanto que llegó a cerrar los ojos para evitar ser deslumbrada. Escuchó una voz lejana que la llamaba, supuso que era su madre, alargó la mano para atraparla y al intentar levantarse vio su propio cuerpo tendido sobre la cama mientras ella se volatizaba en el espacio a través de aquel haz de luz que se perdía entre el cielo y la tierra.
FINALISTA, VII CERTAMEN DE RELATO BREVE UNIVERSIDAD POPULAR DE GANDIA,

 

 

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