miércoles, 1 de abril de 2015

Rutina familiar




Llega el final de la jornada laboral, por lo general, llego a casa cuando empieza el anochecer, después de darle un beso a mi esposa, lo hago a mis dos hijas que, entretenidas, juegan con sus muñecas. Deseo darme una ducha y cenar cualquier cosa, pero antes, tengo que cerciorarme de que mi libro continúa en el mismo sitio en que lo dejé. Cuando consigo que las niñas se acuesten, me acerco al balcón y delante del rosal, que tiene cinco capullos y tres rosas, está mi hamaca, y sobre una mesita de mimbre, el libro. Mi regalo del día del padre. Apenas lo cojo le huelo con intensidad, me gusta con locura ese olor a papel impreso. Compruebo que la corbata se encuentra en la misma página que la dejé la noche anterior.

Todo trascurre muy rápido, he acostado a las niñas mientras mi esposa ha recogido la mesa y dejado todo en el lavavajillas. Ahora está frente al televisor, atiende los distintos canales que informan sobre las elecciones andaluzas, y yo, tumbado en la hamaca bajo la luz cálida de un flexo, acopló el cojín en mi cabeza y queda fijada para que mis sentidos disfruten de la lectura. Del suelo he recogido algunos pétalos para aspirar su perfume y estar todavía más concentrado, he cerrado completamente la puerta para no escuchar el susurro molesto del televisor. Eso hace que llegue el silencio mezclado con el único sonido del mar, seguro que esta revuelto, por la ligera frecuencia de las olas que parecen aplastarse con la orilla. Para poder soportar mejor el peso del libro con los brazos, pongo una tabla que llaga hasta los dos posabrazos de la hamaca, así consigo mantenerlo plantado y en la posición perfecta.

Mientras leo me gusta acariciarle, palpar sus tapas, y hasta incluso dar una ojeada a al que se encuentra en la contracubierta y que ha tenido la idea de plasmar con sus palabras los textos que me hacen disfrutar. Cuando me gusta un escritor suelo disfrutar con cada párrafo. Y este es el caso.

El rumor del mar se encarga en mantener esa sensación de vida que necesito antes de sumergirme en él. Arrastró una sillita de mi hija hasta quedar delante de mí, me sirve para que descansen los pies.

Al fin lo tengo abierto y a principio del capítulo, pero antes de comenzar, prendo fuego a un pitillo. Es el único que fumo después de cenar y antes de acostarme, quizás por eso me sabe a gloria bendita. Aprovecho para reflexionar y analizar lo que he leído, aunque reconozco que es una forma de evadirme de toda la tensión que conlleva mi puesto de trabajo. Repartir todo un camión de botellas de butano, no es nada sencillo.

Apago la colilla en el cenicero y siento que se abre la puerta, llega mi esposa, sin decirme nada, queda con los codos apoyados en la barandilla, observa el reflejo lunar que descansa sobre el mar, y eso me intranquiliza, de tal forma que no me atrevo a comenzar a leer, aguardo a que ella diga algo, y lo hace después de acercarse y darme un beso en los labios:

—Te espero en la cama…

Aspiro su perfume con intensidad y la miro con un destello de clarividencia, ella se ocupa de responderme con un simple suspiro. De nuevo quedo a solas, mis cinco sentidos quedan totalmente bloqueados, incapaces de atender la lectura. Cierro el libro y cavilo: no me ha dicho buenas noches, tampoco, no hagas ruido al acostarte que las niñas duermen, y menos, me duele la cabeza, o acuérdate que mañana tienes que madrugar, no. Ha sido un mensaje contundente: te espero en la cama. O sea, que no se va a dormir. Cierro el libro sigilosamente y tan solo se me ocurre que pedirle perdón por dejarle en la misma posición en que le encontré. Pliego la hamaca y la dejo junto al rosal, apago la luz, y antes de marchar, corto una de las tres rosas, y con ella en la mano llego al dormitorio.

La cama esta por destapar, no hay nadie. La veo venir intentando amagar un bostezo con la mano y me dice:

—Dormiré con las niñas, la pequeña tiene pesadillas.

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