martes, 21 de abril de 2015

Cuchicheos vecinales



Siempre me encargo de tirar la bolsa de basura en el contenedor comunitario, aquella noche por encontrarse el cubo con restos de pescado y sin estar totalmente llena, al ser un segundo piso lo hice a pie; me servía para estirar las piernas. Al llegar al rellano del primero me detuve al escuchar la voz atolondrada de Rosalba, esposa del vecino Sebastián. Con miedo a ser descubierto aguardé a quedarme a oscuras, sin otro interés que poner atención a la conversación que denotaba la perturbación matrimonial. De buena gana hubiese pegado mi oreja a la puerta, pero me conformé con lo poco que pude oír, ya que el vecino se quedó sin trabajo y a beber sin mesura, no era la primera vez ocurría aquel tipo de discusión. Cuando aprecié que la conversación se había calmado, continué. Al salir a la calle recibí un soplo de aire frío que despejó mi conciencia. De regreso no tuve tiempo de abrir la puerta, lo hizo la vecina del mismo rellano que Sebastián que, como siempre, iba envuelta en su mítico batín de franela a lunares, tal cual uno de faralaes.

Cerrándome el paso me interrogó:

—¿Te has asustado con las voces del vecino? —Me acercó tanto el rostro que tuve que esquivar su alitosis tabaquera.

—Poco me importan sus chismes. Le reproché

—Te he visto por la mirilla como escuchabas —aquella amonestación me hizo sentir cómplice de su cuchicheo —. Creo que ha pasado algo gordo, están muy callados. Al marcharte tú ha quedado todo en silencio.

—Perdone pero tengo que madrugar… —le mentí.

—Ayer recibieron una orden de desahucio. Lo sé porque llamaron a mi puerta. Descubrí que venían del juzgado.

La mujer quedó con el pitillo a punto de prender. Llegué a mi casa y no hice comentario alguno con mi esposa; seguro que ella indagaría todo lo posible hasta conocer el estado lamentable del matrimonio.

La mañana siguiente resultó como las demás. Luisa y yo nos disponíamos a desayunar cuando escuchamos un vocerío proveniente del patio interior. Salí a la puerta de mi casa y escuché la voz ronca de un hombre, para mí, desconocida. Al poco llegó mi esposa desvelándome de quién se trataba:

—Es la policía, hay un coche patrulla en la calle.

—¿Cómo lo sabes?

—Los he visto por la ventana y acaba de llegar una ambulancia.

—Sebastián es demasiado arrogante y orgulloso desde que le despidieron del ayuntamiento no levanta cabeza, el alcohol le tiene perdido; le paso por meterse en política. Ya no mandan los suyos. No asesora a nadie.

Al mostrarme impasible se interesó:

—¿Tú sabes algo?

—Anoche al bajar la basura escuché gritos en su casa.

—Tenías que haberles avisado.

—¿A quién?

—¿A quién va a ser?, a la policía.

—Ya lo hice una vez y cuando vinieron, ni puto caso, vamos cierra la puerta.

—¿Qué dices? Anda baja, igual esclarecen algo cuando les digas lo que sabes.

—Ni hablar, no es cosa mía.

—Sí que lo es...

Luisa añadió a su empeño un leve empujón que me sirvió para iniciar el paso hacía el centro de la escalera. Apenas llegué al rellano del primero, la vecina del batín de franela vino a mí como huyendo del fuego, me asió del brazo y me instó:

—¡Usted es testigo! escuchó la trifulca como yo.

Había un policía que custodiaba la puerta abierta de la vivienda de Sebastián, se nos acercó y nos dijo:

—No se marchen que tenemos que tomarles declaración.

—¿Qué ha pasado? —Pregunté envuelto de incertidumbre.

—Le ha zurrado a su esposa —respondió la vecina, sin quitarme el ojo de encima.

Quede tan perplejo que solo deseaba desaparecer lo antes posible de aquella trémula situación en la que me sentía culpable.

—¿Puedo avisar a mi esposa? —Le sugerí al policía con voz templada.

—Sí, suba —respondió amablemente—, le tomará declaración el inspector Gómez antes de que venga la ambulancia.

Apenas puse el pie en el primer escalón de la escalera para subir a mi casa, miré hacia arriba y descubrí a mi esposa que no había perdido un ápice de la conversación. Entramos en nuestra casa y tras cerrar la puerta me espetó:

—Tenías que haberles avisado anoche.

—No lo hizo la vecina…

—Porque esta liada con el Sebastián. díselo a la policía, anda.

—Voy...






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