martes, 3 de marzo de 2015

Rumores

 

 
El barrendero terminó de comer su bocadillo en el parque infantil que estaba cerca de la fila de adosados, consultó la hora en el teléfono móvil y, con el carrito, llegó a la esquina en donde comenzó la tarea. Al llegar frente a la casa de la concejala del distrito, escuchó un largo “Shiiitttt” que le hizo detener, descubrió a la mujer que escudriñaba el entorno, y al tiempo le ordenaba que se le acercara mientras añadía lánguidas miradas de desdén.
—Si te preguntan —le dijo ella—, respondes que te estoy ordenando que limpies a fondo en la calle nueva. La Josefina deja comida para los gatos en el solar de enfrente. Quiero preguntarte: ¿has oído decir a la panadera de que tú encargado esta liado conmigo?, ya me entiendes. ¡Disimula gañan!
El hombre, a sabiendas del poder gubernamental de aquella mujer, respondió con tono confidencial:
—Estuve en la panadería, y lo cierto es que callaron cuando yo fui a comprarme el bocadillo —se palpó la barriga.
—¿Qué oíste? —le espetó.
—Rumoreaban del barrio, nada en particular.
—Lo que le tienes que decir a la chismosa de la Josefina, es que desde que perdió las elecciones, no hace más que buscarme las cosquillas, ella… y la panadera.
El barrendero al entender que la conversación había terminado, continuó con su menester diario, al terminar la calle comenzó con la paralela, en donde estaban los restos de la comida de los gatos que dejaba la Josefina, antes de dar el primer escobazo, se le acercó la susodicha.
—¿Te ha mandado la concejala? —le preguntó con retintín.
—No, ya sabes que vengo por aquí a menudo —. Mintió.
—Me han dicho que te han visto con ella. Antes de que fuese concejala prometía que como saliese elegida propondría una mejora en la protección de los animales, y ya ves. Se mete las promesas por donde le cabe. Como todos los de su calaña.
—Señora, no me gustan los chismorreos…
—¡Toma!, ni a mí! Ahora pasas dos veces por aquí, y eso es porque se entiende con tu encargado. Si no, ¿A qué santo? Se lo pregunten a la panadera.
—Mira que os gusta malmeter.
—Ahora que… con su hija, ya tiene bastante.
—Me voy, procura coger los envases vacíos, ¡o lo haré yo!
Apenas cogió de nuevo la escoba sonó su teléfono móvil, era el encargado que se interesaba por él. Diez minutos más tarde ya le tenía esperándole en la esquina. No parecía estar de muy buen humor, ya que fumaba como si fulminara el pitillo.
—Mira que te advertí —le conminó—, me ha llamado el alcalde, y me ha dicho que se han enterado en el barrio de que estoy liado con ella —miró discretamente a la casa de la concejala—, sepas que si han visto mi coche por aquí, es porque se lo dejó a mi hijo, lo utiliza para venir a ver a su hija.
—Desde que estoy por el aquí nunca he visto su coche.
No hubo más conversación.
Llegó el último día de trabajo de la semana. Cuando se dirigía con el carro cargado al contenedor para vaciarlo, observó a una mujer de muy buen porte que no le quitaba el ojo de encima; cuando estuvo al lado, ella le preguntó:
—¿Es usted el que va diciendo que mi marido viene mucho por aquí? Me han insinuado que habla mucho con una mujer.
—Señora, jamás se me ocurriría, me dedico a limpiar lo que los demás ensucian—le mostró la escoba y el recogedor.
—Que mi hijo sea amigo de la hija de esa pelandusca —la mujer lanzó una mirada fugaz a la casa de la concejala—, no quiere decir nada, y si a alguien se le ocurre hacerlo, no dude que daré aviso a quién deba tomar medidas en el asunto.
Al dar por finalizada la reprimenda, el barrendero se marchó. Tras dejar el carro con los utensilios en el almacén, se despidió de sus compañeros. Finalizada la semana, acudió a la oficina al ser requerido por la secretaria de administración; quien al verle entrar, abandonó su butaca y se le acercó para decirle:
—Te han cambiado de barrio, ahora vas al polígono…
—¿Y eso?
La joven se cercioró de que nadie les escuchaba y añadió:
—¡Te pasa por bocas…! ¿A quién se le ocurre decir que tu encargado se entiende con la panadera?
 
 

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