martes, 17 de febrero de 2015

Siempre tendremos Paris

Era incapaz de contar las bombillas que adornaban la torre Eiffel, y que, al tiempo, amagaban el color del hierro que la componía. Caminé sosegado hasta cruzar el río Sena y a medida que acortaba la distancia, mi corazón comenzaba a latir intensamente, no por ver que la mole se hacía más grande a cada paso que yo daba, sino, por sentir que llegaba el momento tan deseado.
En la parte izquierda, me detuve a pocos metros de la taquilla, en donde se compraba la entrada para subir en los ascensores. Como cada día en que ella terminaba el turno, acudía para que no regresara a solas a casa. Laura trabajaba de camarera en el restaurante de la primera planta, allí la conocí el mismo día que llegué a París. Consulté mi reloj, la hora coincida con aquella esfera de metal que indicaba de la llegada de la cabina trasportadora. Decidido, aguardé delante de la puerta hasta que salieron sus compañeros. A una joven que reconocí le pregunté, y me dijo que no sabía nada de ella. Por lo que supuse que todo había terminado entre nosotros dos, tal cual decidimos en nuestra última conversación.
Aquel mismo día, después de comer discutimos lo suficiente como para zanjar nuestra relación, tres años, y por culpa de mis celos, quedamos como amigos. Según ella, ni eso. Y eso es lo único que ahora me importaba.
Durante la tarde reflexioné, y llegué a comprender que me sobrepasé, cuando la dije, con tono desacorde, que tonteaba demasiado con aquel joven italiano. Ella me echó en cara que yo también lo hacía con Lucia, una amiga que trabajaba conmigo en los grandes almacenes, al terminar la cortina de reproches, compuso su maleta y se despidió de mí, dijo que estaría en casa, con sus padres; yo me quedé a solas en el apartamento que teníamos alquilado.
Las horas se hicieron interminables, ninguno de los dos se atrevió a hacer una simple llamada telefónica, decidí acudir a por ella, y allí me quedé como un desahuciado.
Era invierno y hacía una noche especial, no me apetecía regresar tan pronto a casa y menos a solas. Me acerqué al centro de la torre en donde algunos turistas, con sus cámaras y teléfonos móviles realizaban tomas desde cualquier parte. Me llegaron algunas partículas frías, de agua nieve. Para no descubrir mi desconsuelo, miré hacia arriba permitiendo que alguna se deslizase hasta encontrarse con una lagrima en mis ojos entumecidos. Subí con cuidado la solapa del abrigo y me atasqué el sombrero de paño, cualquiera de los que por allí pululaban, imaginarían que intentaba pasar desapercibido.
Como arrastrado por una fuerza superior, me acerqué a uno de los bancos que había en el centro y sentado abrí mis brazos en cruz. Dejé mi cabeza apoyada y contemplé aquel amasijo de hierros que componían el corazón de la torre, era inmenso, como inmensa era mi solemnidad. Allí mismo fue en donde nos prometimos una tarde de primavera.
No podía olvidar cuando la bese por primera vez, fue a la salida del cine, una sala en que los domingos proyectaban películas traducías al español. Cerré los ojos, quería sentir aquella sensación que hacía que la tuviese al lado. Entre reminiscencias, aspiré su fragancia, era del mismo perfume que le regalé las navidades pasadas, y que ella, se ocupó de hacérmelo saber. Temí abrir los ojos y volver a emocionarme con la soledad que ahora me colmaba. Era imposible que aspirase de nuevo aquel perfumé. Debía de cerciorarme de que no estaba soñando y decidí abrí los ojos.
Estaba plantada frente a mí. Me emocioné de tal forma que fui incapaz de articular palabra alguna. Me levanté y la abrace intensamente, ella permitió que la besara en su cuello templado, sin decirnos nada, regresamos a nuestra casa cogidos de la mano.

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