martes, 3 de febrero de 2015

La vieja locomotora




 

Dionisio llegó con su nieto al parque que había cerca de la estación de autobuses, encontró un banco libre para sentarse y darle la merienda. Desde que se jubiló, iba a buscarle al colegio cuando su hija tenía turno de tarde en el hospital, ya que su yerno trabajaba en una agencia de viajes en un centro comercial. Habían pocos niños, según uno de ellos, era el cumpleaños de Daniel, y a él no le habían invitado. El abuelo desenvolvió el bocadillo para ir pellizcándolo en pequeñas porciones, mientras el nieto se entretenía con los cromos de la liga española de futbol. Embelesado, el anciano miraba aquella vieja locomotora de tren, hasta que el pequeño se colocó frente a él, con la boca mostrando toda su garganta, hasta que le depositó una pequeña porción de pan con jamón.

—¿Estas triste? —le preguntó después de tragar.

—Que va… es que hoy hace cuarenta y cinco años que deje de subir a esa vieja locomotora. El tiempo ha pasado sin darme cuenta.

—Ya me lo contaste una vez y recuerdo que me enseñaste la gorra que te ponías para no ensuciarte de ceniza.

—La gorra era de mi padre, el fue quién formó parte de aquella revolución industrial. Me acuerdo cuando yo era como tú, no cesaban de hablar de las maquinas que hicieron desaparecer la fuerza de los animales. Maquinas de vapor que funcionaban calentando el agua, como la olla a presión que tu madre nos hace el puchero. Algunos marcharon a la capital para trabajar con el mismo tren que les llevaba el carbón, al igual que los viajeros que venían de otros pueblos. Sobre todos los domingos al baile que hacían en el casino, por la tarde. Así conocí a tu abuelita, la recuerdo con tanto cariño. Ya quisieran algunas ser tan guapas, como esas que hoy en día salen en el “sálvame”.

—¿Desde cuándo hablas a solas?

Aquella voz le cortó el dialogo, que bien resultó un monologo. Bajo la mirada y descubrió que su nieto había desaparecido. Le descubrió jugando con el otro niño, cerca del tobogán. Saludó al amigo y cuando le tuvo sentado al lado, se interesó:

—¿No estabas con fiebre?

—He salido a dar un paseo... y echar un cigarrito.

—Como nos descubra mi nieto, se lo chiva a su madre.

—¿Y qué más da? Más humo que tragamos con esa chimenea —Señaló la locomotora con la gayata.

—Cada vez que veo esa locomotora me acuerdo de ella, la recuerdo despidiéndome en la estación hasta el próximo domingo. Aquella alcoyana que me hizo tan feliz… ¡Qué guapa era!

—Y ahora tan solo como yo.

—En aquella estación crié a mis tres hijos, y como bien sabes, uno de ellos pertenece a la Asociación Ferrocarril de España ¿De verdad que no tienes ningún cigarrito?

—Tengo el paquete entero, lo que pasa es que el niño está al acecho. No nos quita ojo.

Subrepticiamente sacó del paquete dos cigarrillos y se los fumaron sin perderlo de vista, luego apagaron la colilla pisándola en la gravilla. Su amigo se despidió:

—Me voy, que si no, mi yerno se enfada porque llego tarde.

—Hasta mañana, seguramente que no vendremos por aquí. Este lugar me hace hablar a solas—sonrió Dionisio.

Llegó su nieto para coger el "bric" de zumo de melocotón, absorbió con intensidad hasta provocar una petorreta, miró a su abuelo y le conminó:

—Te he visto fumar… y a tu amigo también.

—Estábamos jugando a echar humo, como la maquina del tren, por la chimenea esa.

—Ya me lo enseñaste una vez, se lo chivé a mamá, me advirtió que era una excusa para fumar. Por eso roncas por la noche.

—Pues calladito, y si no, le diré que te comes la mitad del bocadillo. Y si te parece poco, mañana te quedas sin cromos…

El niño exhaló un suspiro de resignación y añadió:

—Te acuerdas mucho de ella, ¿verdad?

—¿De quién?

—¿De quién va a ser…? De la abuelita.

—Anda vámonos, que ya es tarde.

—Cuando no te interesa, te entra la prisa.

 

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