martes, 24 de febrero de 2015

Intereses comunes




 
A punto estaban de finalizar las obras de la remodelación del Instituto valenciano Lluis Vives, cuando el encargado de la empresa constructora iba en busca del fontanero que había realizado la reforma de toda la instalación del agua. Por indicación de algunos albañiles, que se encontraban en las afueras, le encontró revisando el contador general, ya que el día anterior cesó el suministro en la antigua instalación, y se había dado paso a la nueva.
—¡Tenemos un problema! —le dijo al verle.
—De momento no —contestó el fontanero—, el indicador del paso de agua apenas se menea. Por tanto, no hay fuga de agua.
—No es eso. Resulta que a primera hora ha venido el párroco de la iglesia de San Vicente, dice que en la capilla del antiguo colegio, el que da a la calle de San Pablo, hay un inconveniente, y quiere que lo solucionemos. No se atreve a abrir la puerta principal para hacer la misa de hoy.
—¿Te ha dicho qué le pasa?
—Nos aguarda en la entrada que da al patio; menudo sofoco tiene.
Entraron en el interior de la capilla y el cura cerró la puerta. Hizo que le siguieran hasta quedar delante de una columna de cuatro lápidas que había en la pared del lateral derecho, les preguntó con solemnidad:
—¿No lo ven? Está todo seco.
El encargado y el fontanero observaron lo que el anciano indicaba con la diestra, no llagaban a comprender sus indicaciones, ni siquiera había una grieta en toda la pared. El anciano al ver que no le respondían, añadió:
—Desde ayer que la lapida de Fray Alberto, la segunda desde abajo, no tiene la humedad que emanaba de la parte baja del mármol —pasó la mano y la mostró—, fíjense en la junta, todo el moho está seco, los fieles confían en el agua bendita que por aquí sudaba, humedecían sus dedos para persignarse, y ahora está totalmente seco. No me atrevo a recibir a los devotos, creerán que ya no existe la virtud del fraile.
El fontanero escudriñó la ranura y salió al claustro, observó detenidamente toda pared que daba a la parte trasera de la columna de los sepulcros. Convencido de su teoría, regresó a donde estaban y les dijo:
—Sería una pequeña fuga de la antigua instalación, al quedar inutilizada, ha dejado de filtrar.
—¡Hay que buscar una solución! —saltó el cura enhiesto.
—Al quedar seco el nicho —continuó el fontanero—, hará que no se estropeen las reliquias del interior.
—¡Imposible! Me quedaré sin fieles, tenga en cuenta que aquí está la antigua entrada al refugio que se utilizó en la guerra civil. Algunos sienten gran devoción al fraile, y lo veneran a diario, viene de todas partes.
El fontanero estudió alguna las posibilidades y añadió:
—Para no estropear las lápidas, podríamos colocar por la parte que da al claustro una toma de agua, como las del goteo del jardín. Atravesaríamos el hueco por la parte de la cabeza y colocaríamos un tubo pequeño que llegase hasta el borde del interior de la lápida —indicó el lugar y continuó—. Les advierto que no nos conviene hacer nada sin el consentimiento del aparejador.
—No hay problema —añadió el cura—, su madre es una de las que viene cada semana, y además, la que más fervor le tiene al fraile, sobre todo desde que le tocó la lotería al pasar el número por la lapida.
—Puede que se estropeen los huesos al hacer el boquete, son paredes antiguas y muy gruesas. —Dijó el encargado, mirando fijamente al cura. Por cierto, ¿quién se hará cargo de la factura?, esto no entra en el proyecto.
—¡Las obras de Dios no tienen valor material! —alegó el cura.
El anciano cruzó sus brazos enfadado, y como si llevase colocada una camiseta de fuerza salió al claustro. Luego con un metro midió el ancho del muro en una ventana. Regresó y se dirigió al encargado:
—Hay que comenzar cuanto antes, el boquete puede que sea de setenta centímetros. El agua se puede traer desde el patio; como dice el fontanero.
—Ocasionaremos daños en el esqueleto —terció el encargado.
—¿Y qué más da? No creo que Fray Alberto se queje —Sentenció el cura.

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