viernes, 12 de diciembre de 2014

La Chicharra

       Dionisio llegó con su nieto al parque que había cerca de la estación de autobuses en Gandía. Por suerte encontró un banco vació para sentarse y darle la merienda al nieto; desde que se jubiló iba a buscarle al colegio cuando su hija tenia el turno de tarde en el hospital, ya que su yerno trabajaba en una tienda del centro comercial. Habían pocos niños, según el niño, era el cumpleaños de uno de ellos, y a él no le habían invitado. El abuelo desenvolvió el bocadillo quitándole el papel de albal para ir pellizcando pequeñas porciones, mientras, él se entretenía con los cromos de la liga de fútbol; seleccionando los repetidos. Embelesado, el anciano miraba aquella vieja locomotora de tren. Su nieto se colocó frente a él, con la boca tan abierta como si quisiera mostrarle las fauces, hasta que le depositó una pequeña porción de pan con jamón.
       —¿Estas triste, te veo serio? —le preguntó el niño después de tragar el compuesto.
       —Que va… es que hoy hace cuarenta y cinco años que deje de subir a esa vieja máquina. El tiempo ha pasado sin darme cuenta.
       —Ya me lo contaste una vez y recuerdo que la maquina esa se llamaba "La chicharra", en casa me enseñaste la gorra que te ponías para no ensuciarte de la ceniza del carbón.
       —La gorra era de mi padre, él fue quién formó parte de aquella revolución industrial. ¡Qué tiempos! Me acuerdo cuando yo era como tú, no cesaban de hablar de las maquinas que hicieron desaparecer la fuerza de los animales. Maquinas de vapor que funcionaban calentando el agua, como en una olla. En el pueblo mientras duraron las obras todos hablaban de lo mismo, algunos marcharon a trabajar a Alcoy, con el mismo tren que les llevaba el carbón para la industria textil, al igual que los viajeros que bajaban a la playa de Gandía, en verano. Sobre todos los domingos. De hecho, tu abuelita era una alcoyana, la recuerdo con tanto cariño…
       —¿Desde cuándo hablas a solas?
Aquella voz le cortó el dialogo, bajo la mirada y descubrió que su nieto no estaba, ahora jugaba con otro niño cerca del tobogán. Saludó al recién llegado y cuando estuvo sentado al lado se interesó por él:
       —¿Tú no estabas con fiebre?
       —He salido a dar un paseo y al tiempo echar un cigarrito.
       —Lo tenemos mal, como nos descubra mi nieto, se lo chiva a mi hija.
       —¿Y qué más da? Más humo que tragamos en esa chimenea —Señaló la locomotora con la gayata, a modo de un profesional de la esgrima, sin vericuetos.
       —Te he interrumpido al verte a solas, no creo que tu nieto le interesara lo que le estabas contando, se ha largado con el amigo.
       —Cuanto me acuerdo de aquella época, ya estábamos en plena revolución industrial en España. Todos hablaban de las maquinas de vapor como el invento del siglo. Sin embargo, yo cada vez que miro esa locomotora, solo me acuerdo de ella. Aquella alcoyana que me hizo tan feliz… ¡qué guapa era!
        —Y ahora tan solo como yo, desde que jubilé en la estación de Villalonga.
       —Y yo en la de Almoines, allí mismo crié a mis tres hijos, y como bien sabes uno de ellos pertenece a la Asociación ferrocarril de Alcoy-Gandía, ya lleva doce años como secretario. ¿De verdad que no tienes ningún cigarrito?
       —Tengo el paquete entero, lo que pasa es que el niño está al acecho.
       De soslayo, miraron al nieto que se entretenía con su amigo en la rueda de tubos. Sacó del paquete dos cigarrillos y los fumaron plácidamente, apenas apagaron la colilla en el suelo, su amigo se despidió:
       —Me voy, que si no, mi yerno se enfada con mi hija.
       —Hasta mañana, seguramente que no vendremos por aquí. Este lugar me hace hablar a solas—sonrió Dionisio.
Llegó su nieto para coger el cartón de zumo, una vez absorbido hasta hacer notar la aspiración como si fuera una pedorreta, miró a su abuelo y le dijo:
       —Te he visto fumar… a ti y a tu amigo.
       —Jugabamaos a echar el humo como la maquina del tren.
       —Ya me lo enseñaste una vez, se lo dije a mamá, me advirtió que era una excusa para fumar.
       —Pues calladito, y si no, le diré que solo te comes la mitad del bocadillo. Y si te parece poco, mañana te quedas sin cromos.
El niño exhaló un suspiro de resignación y añadió:
        —Te acuerdas mucho de ella, ¿verdad?
        —¿De quién?
        —¿De quién va a ser…? De la abuelita.
        —Anda vayámonos, que ya es tarde.

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