viernes, 12 de diciembre de 2014

Jugando a ganar



CONCURSO LITERARIO:

"ERRADICANDO LA VIOLENCIA DE GÉNERO"

Relato finalista: Jugando a ganar


Nota del autor



     Cuando me enteré del concurso literario: "ERRADICANDO LA VIOLENCIA DE GÉNERO", se me ocurrió dar un vistazo a los distintos relatos que tengo hechos, uno de ellos, añadiendo algunos párrafos, encajaba con la premisa. Aunque el tema requerido en las bases no me gusta, dado que casi todas las semanas tenemos algún caso en nuestro país, me decidí a presentarlo por el simple hecho de colaborar con la organización. Una vez compuesto, solicité a María Dolores Jiménez su disponibilidad para darle un vistazo, simplemente me contestó: Pásamelo.
       Al día siguiente, y atendiendo el rigor de sus consejos, fue cuando decidí enviarlo, la tarde del día 11 de diciembre recibí un correo electrónico anunciándome de la invitación a la entrega de los premios, dado que el mío había resultado finalista de entre los 357 presentados.
       Y para finalizar, he creído conveniente colocarlo aquí, en este lugar creado para que todos los que lo componemos, y nuestros lectores, puedan leerlo.
Llorens Bustos





Jugando a ganar


       El insomnio se apodero de ella durante toda la noche, la sensación de angustia por haber sido vituperada se acentuaba con la luz del alba que llegaba a través de las rendijas en la persiana de su dormitorio, sus ojos estaban fijados en aquellas diminutas líneas por donde cada vez entraba más la luz, el miedo a recibir otro reproche la había dejado en la misma posición fetal en la que estaba. Consultó la hora en el teléfono móvil. Decidida se acercó a la puerta que dejó entreabierta y a través de la pequeña holgura le observó durmiendo en el sofá, de refilón descubrió aún por destapar la parte de la cama en donde él solía dormir. El recuerdo del día en que le comentó a su madre que el moratón que tenía en el brazo persistía en su mente desolada, fue a raíz de una discusión, ella le aconsejó que no lo consintiera, que ahora no era como antes, y que las cosas habían cambiado, le matizó que nunca llegó a denunciar a su padre por miedo.
Entre reminiscencias recordó el día en que siendo niña llegaron las dos a casa, su padre estaba sentado en la mesa comiendo un bocadillo, su madre comenzó a temblar y marcho directa a la habitación para ponerse ropa cómoda, su padre la siguió y cerró la puerta con el cerrojo, Elena no pudo evitar acercarse y pegar la oreja a la puerta; al pronto la escuchó llorar soportando los insultos incesantes de su padre, al no haberle preparado la cena. Aquel día lloró como lo hacía ahora, en silencio y con apenas el sentir de su corazón que parecía estar desgarrado por un cepillo de acero. Quedó sedente al borde de la cama para espantar el miedo a que él llegara y la poseyera con brusquedad, como lo hizo la última vez en que discutieron, fue tan intensa la fogosidad con la que la poseyó, que apenas se dio cuenta de cuando la penetró. Ahora no debía consentirlo, no estaba dispuesta. De repente le escuchó toser, abrió un poco la persiana para ver el claro del día, luego con paso tranquilo salió de la habitación. Antes de ir a la cocina se acercó al balcón para respirar con agrado el aire temprano de aquella mañana de invierno, hasta que como llevada por un embrujo místico llegó a la cocina.
       —¡Buenos días cariño!— le saludó ella en voz alta.
       A Roberto aquello le sorprendió. No le pareció normal, ya que, después de tres meses de matrimonio, la noche anterior discutieron con motivo de una noticia dada en televisión, sobre el párroco de Canena, en la que el clérigo había señalado: "Hace treinta años un hombre pegaba a la mujer, pero no la mataba, porque había sentido moral". Muy convencido corroboró la afirmación de aquel cura, apostando por la certeza de sus palabras. Ella al terminar de limpiar la mesa recibió un empujón frente a la pila de los platos, como consecuencia, uno de ellos cayó al suelo haciéndose añicos.
       Solemnemente preparó el desayuno, tal cual hacia todos los domingos y como si nada hubiese pasado ahora se comportaba. Él marchó al aseo para acicalarse, luego se sentó a la mesa de la cocina, al poco ella dejó un café con leche junto a la bandeja de las de tostadas con mantequilla y mermelada. En silencio parecían tragar las palabras de la discusión habida la noche anterior, hasta que él se interesó:
       —¿Todavía estas enfadada? Ya te pedí perdón.
       —Te perdono… pero no se te ocurra volverme a empujar.
       —Ya te dije que fue sólo un arrebato, me hiciste enfadar, no sé porque te sienta mal que te compare con mi madre. Al fin y al cabo, sólo se rompió un plato.
       Elena le miró con los ojos acristalados y propicios al llanto, jamás podría explicarle lo que verdaderamente se había roto en su interior y que por seguro era ya imposible de enmendar. Al permanecer callado, decidió responderle sin que se notara su hartazgo interno:
       —Si te hubiese devuelto el empujón; a saber qué habría pasado.
Tras recoger la mesa se dispuso a lavar la vajilla, y cuando se encontraba secándose las manos, él la abrazo por detrás y excitado le palpó todo el cuerpo. Ella llegó a sentir algo duro que rozaba por su cadera, muy esquiva secó sus manos con el trapo y volteó para buscarle de frente, calmosa del batín sacó un pañuelo grande y lo desplegó, era el mismo que utilizaba en las excursiones por la montaña, levantó la mirada y mostrándoselo de los cabos, le dijo con voz almibarada:
       —Tengo una sorpresa para ti, cariño…
       Al suponer que le había perdonado, le preguntó con interés:
       —¿De qué se trata amor mío?
       Le cubrió los ojos con el pañuelo, dejó un nudo bien apretado y le asió de las manos para llevarle como a un niño. Una vez sentado en la misma silla que había desayunado, con tono envuelto de romanticismo le indicó:
       —Ahora tienes que obedecer… a todo lo que yo te indique.
       Lo beso con tanta contundencia que, él se atrevió a cogerla por la cintura para estrujarla contra si, presumió que harían lo que tanto deseaba, y que se les quedó por hacer la noche anterior en la cama.
       —¿Vamos a jugar a la gallinita ciega? —preguntó él.
       —Ya hace que soy tu gallinita. Ahora te toca a ti hacer de gallito.
       Asistido por ella salieron de casa, él notó el movimiento suave del ascensor deteniéndose en donde estaban las cocheras. Con los arrumacos incesantes de ella, llegó a ocupar el asiento delantero del coche. Intrigado y meneando la cabeza insistió:
       —¿A qué viene todo esto? Estoy excitadísimo…
       —Es una sorpresa. Espero que te guste, al fin y al cabo, estarás con quién cocina mejor que yo, plancha, lava, friega y te cuida con esmero. Espero que te guste.
       —¿Es un hotel de placer?
       —Para ti, supongo que sí.
       Media hora más tarde el coche se detenía.
       —Espérame aquí, vuelvo enseguida —sugirió ella—. Ni se te ocurra quitarte la venda. Si lo haces fastidias el juego. Le palpó la bragueta y la notó abultada.
       Cuando ella regresó, abrió la puerta en donde él permanecía sentado inmóvil, no se atrevió ni a quitarse el cinturón de seguridad. Caminaron juntos por la acera, ella le advirtió que levantara un pie para salvar el tranco y al entrar en la casa, le indicó:
       —Siéntate… ya queda menos—. Efusiva, le besó en la boca.
Roberto no podía calcular el tiempo, la oscuridad era infinita, sus ojos apenas apreciaban un halito de luz. De pronto, olisqueó el perfume inconfundible de su madre, la escuchó como hablando a solas:
       —¡Ya han pasado los cinco minutos! —saltó su madre.
Sintió como sus manos le deshacían el nudo del pañuelo. Al verla frente a él, embelesado oteó el entorno en busca de Elena y al no verla, le preguntó:
       —Y ella… ¿Dónde está?
       —Se ha marchado, ha dejado las llaves el coche y las del piso. Me ha dicho que te diga que no la volverás a ver.
       —¿Y eso?
       —Tú sabrás, ya te dije que era muy suya. Esa chica no te conviene.
Elena esperaba el autobús en una estación de Madrid, escuchó su teléfono móvil, miró la pantalla para confirmar su premonición; efectivamente era él. Con desgana se lo colocó en la oreja y respondió a la llamada:
       —¿Dime…?
       —Elena, como juego me ha parecido estupendo, pero dime ¿dónde estás?
       —Un taxi me ha traído a la estación de autobuses, regreso con mis padres… tú y yo hemos terminado.
       —¡Oye!, que yo te quiero mucho…
       —Jamás volverás a verme.
       —Elena… mi madre dice que vuelvas.
       —La mía una vez me dijo que: prevenir vale más que curar.

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