viernes, 19 de diciembre de 2014

El rojo de la suerte

El rojo de la suerte






       Todo lo previsto aquella Nochevieja resultó estupendo, comenzamos a cenar después de tomarnos un vermut, gambitas y navajas con almejas dieron paso a dos bogavantes a la plancha. Sin darnos cuenta bebimos una botella entera de vino blanco. Después del postre, abrí una de sidra para entretenernos con los dulces navideños, donde no faltó el turrón, ni los polvorones, aunque en mi interior, lo único que me aparecía era un buen polvo… rón, pero no de aquellos que se postergarían en la cesta de mimbre hasta pasar la empinada cuesta de enero.
       Apenas tomar la última de las doce uvas, nos abrazamos compuestos de guirnaldas y matasuegras; con nuestras prendas interiores de color rojo intenso. Cierto es que mis calzoncillos no ocupaban la misma holgura de cuando los estrené, hace ya algunos años. Hicimos “zapping” con el mando a distancia, sin poder olvidarnos de nuestras dos hijas, la mayor marchó a Benidorm con su marido y nuestro nieto, la pequeña estaba en el apartamento de una de sus amigas, donde se quedaría a dormir.
       Sobre las dos de la madrugada me acerqué al dormitorio, no puede evitar contemplarme en el espejo y hacer posturas como un culturista, cosa que desistí al ver la flacidez de mi musculatura. Regresé en busca de mi esposa y la encontré en la cocina aguardando a que finalizase el ciclo del lavavajillas. La abracé como un naufrago a su flotador, aquel rojo que sobresalía de su escote mostrando canalillo me estaba volviendo loco.
       —No seas impaciente —dijo con solemnidad y añadió—, mientras yo guardo la vajilla, apaga el termo y cierra el gas…
       Para no perder más el tiempo, desplacé el edredón de la cama y la aguardé ordenando las velas que perfumaban el ambiente a canela. Revisé mi mentón rasurado y me rocié la boca con un espray mentolado. Apenas entró, la atenacé de nuevo entre mis brazos, quería demostrarle lo que emergería desde el interior de aquel calzoncillo, ya que hacía tiempo que no habíamos tenido relación sexual.
       —Aguarda que voy al aseo —Me consoló.
       La espera resultó eterna, al regresar, dejó el teléfono en su mesita y sentada en el quicio, dándome la espalda dijo con tono almibarado:
       —Acaba de mandarme tu hija un WhatsApp, pone que al final no fueron a Benidorm, Adrian se les puso con fiebre. Pregunta si nos lo puede traer, unos amigos les han invitado a tomar una copa —por no rechistarle, continuó—; en cuanto puedan están aquí —alargó la mano y me acarició el mentón—, hay tiempo suficiente…
       Lo que más me importaba era desprenderme de aquel calzoncillo, me encabalgó y sinuosa se quito el sujetador, pronto mis manos acudieron a sus pechos sin apenas despegarlas de su cuerpo, hice que se acercara para besarla manteniendo el rictus amoroso, y cuando me disponía a liberarme del rojo elástico que tanto me presionada, sonó el interfono.
       Elisa salió del dormitorio y acudió a la cocina, en donde estaba uno de los aparatos que controlaban la puerta principal del inmueble, apenas regresó, se colocó el batín y atolondrada de los nervios soltó:
       —¡Anda, vístete que es tu hija! La pequeña.
       — ¿No estaba en el apartamento con la amiga?
       —Sí pero, no sé, igual le ha ocurrido algo, anda ponte el batín y ábrele, mientras apago las velas y recojo todo esto. Me da cosa que entre aquí.
       Así lo hice, fui a la puerta de la entrada y apenas entró me abrazó.
       —¡Papa, me he peleado con Alfonso…!
       Acudió su madre que, al verla en aquel estado, intentó animarla:
       —No te preocupes, que hay más de un hombres en la tierra.
       Algo la reconfortó cuando le dijimos que su hermana estaba a punto llegar con el pequeño para dejarlo en casa con nosotros.
       Pasada la media noche, todos dormían, sin embargo yo no podía hacerlo. Por decisión propia, decidí acostarme en la cama junto a la cuna del nieto, que aferrado a mi dedo índice lo hacía como un tronco. En aquella duermevela me sentía el abuelito más feliz del mundo, ya que por un momento, pensé que el rojo de la suerte había llegado, aunque en este caso estaba reflejado en los mofletes del pequeño, y no, en los calzoncillos.

1 comentario:

trasgu dijo...

jajajajaa, eres un máquina! intriga y desenlace!! Un abrazo