domingo, 12 de octubre de 2014

Tentación al Papa Luna

       

 Amaneció nublado en Peñiscola, los vecinos ignoraban de aquella comitiva que acampó en la playa, cerca de la ciudad amurallada, y que nadie les puso objeción. Al contrario, los guardianes de la fortaleza ofrecieron víveres para el sustento de la tropa. A media mañana, un grupo de jinetes custodió al que parecía ser el interesado con entrevistarse ante la máxima autoridad. Una vez acompañado hasta la plaza del castillo, en donde se encontraba la sede episcopal, quedó a solas con el jefe de guardia.
      —Su eminencia ordenó que aguarde aquí —le dijo al invitado.
      Así ocurrió, apenas salió del palacio episcopal Benedicto XIII se le acercó y preguntó:
      —¿Dice usted ser el enviado de Gregorio XI?, su aspecto es bastante desalentador, me he atrevido a recibirle porque quién le ha traído opina que merece de nuestra confianza. ¿A qué se debe su visita?
      —¿Quién más sabe de mí llegada a este lugar?
      —Parece ser que exista algún rumor… la Corona de Aragón no es tonta. Realizaron las necesarias indagaciones y no ofrecéis peligro alguno. Y apropósito de las dádivas, no suelo comer ni beber ninguno de los presentes que se me entregan fuera de mi entorno.
      —¿Acaso muestro duda?
      —Intentaron envenenarme… Estamos al corriente de las entradas en España, hasta incluso las que llegan por mar —miró el lejano horizonte que se fundía con un cielo encenizado—. Como supongo lo habrá comprobado al plegar a este lugar tan privilegiado.
      —Qué necesitáis vos, para que os convenza de mi identidad.
      —No lo sé, quizás su anillo; pero de nada me serviría.
      —Algunos de los que me acompañan aguardan en la explanada, si vuestra merced, eminencia, lo desea, solo tengo que dar aviso. Con un gesto será suficiente para que replieguen el campamento y regresemos a Roma.
      —A pesar de lo nublado, fíjese con la calma del "Mare Nostrum", como así lo llaman sus conciudadanos. Si hubiese salido claro, aquí en la terraza no se podría estar. ¿Ha traído ninguna misiva?
      —Sólo hablaré con vos. Permita que confiemos el uno del otro.
      —Estoy impaciente por escucharle.
      —Traigo noticias de Aviñón. Sabrá que Gregorio XI ha fallecido cuando realizaba los preparativos para huir de Roma… le amenazaron.
      —Perdone, quizás necesite de mi escribano —le cortó—, acudió a por sus herramientas de trabajo. Así dará cuenta y dejará constancia de su perorata.
      —Eminencia… habló con dificultad su idioma.
      —Ahórrese los cumplidos, entiendo perfectamente el italiano.
      —Deseamos permanecer en contacto con vos, es decir, ofrecerles las claves para acceder directamente a una coalición entre los dos papados y dejar de un lado al francés. Mitigado con la muerte del último de los templarios. supongo sabrá de los últimos acontecimientos templarios.
      —¿Qué garantías tengo? No permitiré que nadie usurpe el poder que ostenta Alfonso V, aquí en España… ¿Qué más me ofrecéis vos?
      —El apoyo de Tierra Santa, los caballeros de la orden de Montesa se harán cargo de su protección en todo el litoral, tiene una gran flota de buques y controlan la red principal del Camino a Santiago, inclusive la Vía de la Plata desde Sevilla. Como bien sabe, la Santa Inquisición ya se encargó de quemar en la hoguera a su último "maestre". Por ello, Francia está debilitada. Mi elección como pontífice fue reforzada por todo el cardenalicio romano. Los señoríos de Austria y otras familias, como los Esforza, se han unido y me lo han confirmado.
      —Aguarde a que regrese el amanuense con los utensilios, realizará las escrituras precisas del pacto, al que supongo vamos a firmar.
      —Puedo añadirle algo que me ha dejado exánime.
      —Sin ninguna duda…
El recién llegado dio un vistazo al entorno y, al no ver a nadie más que al escriba, que llegaba junto con los que les custodiaban, añadió:
      —Me indicaron los plebeyos que la iglesia de Santa María está construida sobre restos de una antigua mezquita árabe.
      —Así es, sólo la utilizo para no salir del castillo a recibir los besamanos de los fieles. ¿Cómo puedo saber que vos no sois un traidor?
      —Porto documentación. En ella consta de mi nombre… Bartolomé de Prignano, fui consagrado arzobispo de Aceranza, en Nápoles.
Pedro Martínez de Luna dejó sus manos sobre los lumbares y se otorgó un paseo sin perder la vista al horizonte, una vez concluida su decisión, ante la infinidad de interrogantes en que sucumbía, desde que llegó aquella comitiva a la ciudad, le preguntó con tono inquisitivo:
      —¿Y me ofrece ser su cardenal en Roma? A pesar de saber vos, que ejerzo en España como Benedicto XIII. Para algunos, Papa Luna, a secas.
      —Así es, los cardenales a los que debo mi elección para negociar tienen controlada la sucesión de Oddone Colonna. Vos seriáis cardenal.
      —Muy bien, sin duda sois atrevido, sobre todo, por vuestro arrojo y valentía al proponerme que ceda mi papado en España. Por tanto, le indicaré de mi decisión cuando esté dispuesto el escriba.
El fraile encargado dispuso los utensilios junto a ellos, limpio la pluma de ganso y depositó en un cuenco un poco de tinta, tan negra como la convicción del Papa Luna.
      —Tome nota— le ordenó al escriba y añadió—.Escuchad mi dictamen—miró con ojos de acero al invitado—. Se detendrá al que dice llamarse, repita su nombre en voz alta, por favor…
      —¡Bartolomé de Prignano!, Papa Urbano VI, de Italia.
      —… se le encerrará en la mazmorra que hay en la parte baja. A pan y agua solamente, hasta que diga toda la verdad y confiese de su confabulación.
      —¡Hablo en nombre de Dios! —insistió el italiano.
      —No creo que vuestro Dios le envié a negociar.
      —¡Está usted loco!
      —Hombres como vos, sobran en nuestra Santa Iglesia. Que su Dios le amparé... Que el mío, ha decidido mandarle al infierno.
El Papa Luna volteó y marchó enhiesto a sus aposentos; su homologo, llevado en volandas por los guardianes a las mazmorras.


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