miércoles, 15 de octubre de 2014

La condolencia

       Después de rociar el ataúd con el hisopo, el párroco se acercó a donde estaban los hijos de la fallecida que, en la puerta de la iglesia, recibían  el pésame solemne de amigos y familiares. El coche fúnebre mantenía la puerta trasera abierta y, antes de que los servicios funerarios introdujeran el arca, el cura dijo al mayor de los hijos:
       —La esperanza es lo único que no se pierde.
       —Yo, ya la he perdido…
       —¿Acaso no tiene fe?
       —Claro que si, y Esperanza, que es así como se llamaba mi madre.
El empleado de la funeraria cerró el portón trasero y se les aproximó para despedirse:
       —Nos vemos en el cementerio.

1 comentario:

Mariló Jiménez dijo...

Me ha parecido genial. Cosas que ocurren de vez en cuando en los entierros y funerales... Le das ese toque irónico que sirve para pintarnos una sonrisa. Besines escritor