lunes, 20 de octubre de 2014

El ajuste de cuentas


        Johnny "el pijo" dejó las riendas del caballo atadas a la barandilla frente la puerta del salón de Madison. Con sumo cuidado, quitó el polvo de su capa con el pañuelo y, sujetando las dos hojas de la puerta abatible, dio una batida con la mirada al interior del local, donde el humo de los cigarrillos era tan espeso que se cortaba al paso de los clientes. Atravesó la espesa niebla hasta llegar a la barra de madera bruñida; el camarero paseó un trapo al mostrador por su delantera y le preguntó:
       —¿Qué le sirvo forastero?
No le dio tiempo a responder.
El mismo hombre que le abrió el hueco en la barra le hizo otra pregunta:
       —¿Qué le trae por aquí?
       —Negocios.
       —Quizás le pueda ayudar—. Ladeo la solapa de su chaqueta raída dejando a la vista una estrella que estaba enganchada al chaleco de piel de vaca curtida, y que seguramente otorgaba el cargo de Sheriff de la ciudad.
El forastero, al tiempo, observó las mesas cubiertas de naipes con montoncillos de dinero, todas ellas rodeadas de vaqueros con algunas de las chicas que formaban parte del ambiente a putiferio.
       —Wisqui —solicitó al camarero—, y deje la botella aquí.
       Dos tragos largos y respondió a la autoridad local.
       —Buscó a Tony, más conocido como "El zurdo de Texas "
       Le permitió que rumiara la respuesta y dio un tercer trago de golpe sin llegar a desnucarse.
       —Le tiene sentado en la mesa del fondo, junto al del piano. Es el jefe de los cuatreros que le rodean, se dedican al traslado de reses, ganado, aunque de vez en cuando, me consta que se les olvida alguna por el camino… ya me entiende.
       —Apenas le conozco. Solo le vi el día que le advertí que no debería cruzar el Mississippi, me consta que desconocía de la corriente que lleva ese río.
       —No quiero problemas, es muy amigo de la dueña. Ellen Williams, es la que de vez en cuando nos deleita con sus canciones. no canta muy bien, pero tiene buenas piernas.
       —Solo he venido para ajustar cuentas —Palpó la culata de su revólver.
El Sheriff, con la mirada, solicitó al camarero que llenara su vaso.
       —No se preocupe —añadió Johnny—, quiero dejar una cuestión que nos atañe a los dos. Y ya que estoy aquí, lo haré también con ella.
       —¿La conoce?
       —De hace.
       El forastero, se trasladó a donde estaba el que tocaba el piano, dejó su codo en lo alto de la caja y aguardó a que finalizase la canción. Con elegancia sucinta, depositó un dólar rodándolo  en un platillo y le sugirió:
       —Tócala otra vez.
       —Sólo la señorita Ellen, es la que decide cuantas veces la tengo que tocar.
       Johnny metió sus largos dedos en el bolsillo del chaleco. Extrajo de entre ellos un billete plegado que hizo que los ojos del pianista relucieran a través del humo espeso del cigarrillo. Mostró una sonrisa de complicidad y dejo los dactilares sobre las teclas. Apenas sonaron las primeras notas, desde el altillo, comenzó a cantar una mujer que lucía un vestido de color verde, muy escotado, sus dos senos se unían en un exuberante canalillo que aunaba el estado libidinoso de los que por allí pululaban. La mujer, dándose aire de artista, caminó hasta la escalera lustrosa de media luna y, sin despegar la mano de la barandilla, ni perderun un ápice la vista al recién llegado.
       Con una larga estrofa, terminó la canción y el paseo al llegar a donde estaba el Sheriff, flanqueado por los dos hombres que presumían alguna caricia.
       —¿Puedo saber a qué viene esto? —se interesó ella.
       —Bien lo sabes —contestó Johnny—. He venido a dejar las cuentas claras. No me gustan los cabos sueltos. Ni flecos por atar. Sabes a que me refiero.
       —Podemos hacerlo en mi habitación, no tengo miedo a la verdad. Te aseguro que nada tienes que hacer por aquí. No queremos problemas.
       —Eso es cierto —.Johnny miró de atisbo a Tony.
       —Así es —matizó ella—.Y si lo que quieres saber quién es el verdadero padre del hijo que llevo en mi interior —se palpo la barriga a círculos con suavidad—, os lo diré…
        La perplejidad llegó a oídos del pianista que dejó sus manos quietas sobre las teclas al ser de interés para todos los presentes, que no habían perdido un ápice a la conversación.
       —Yo estuve aquí hace tres meses—alegó Johnny.
       —Hace cuatro, pasé yo con el ganado —añadió Tony.
       —El hijo que llevo, es de él—La mujer señaló con el índice al Sheriff que ninguneaba.
       —¿Qué le vamos a hacer? — Resolvió el forastero y se dirigió al pianista—. Aunque te llames Tony, y no seas negro: Tócala otra vez Sam
       —¡¡¡Corten!!!—saltó el director de la película y añadió—¡Queréis ceñiros al guion! Cinco minutos y rodamos de nuevo, desde el final de la canción.
       —El hijo es mío—. Insistió el sheriff.

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