sábado, 25 de octubre de 2014

A propósito de Blesa



        Un noticiario televisivo emitió la declaración verbal de Miguel Blesa, ante el juez de la Audiencia Nacional por el escándalo de las tarjetas opacas. Me llegó el recuerdo de cuando ejerció de presidente y en su etapa como tal, resultó mi madre una de las víctimas por la estafa con la comercialización de "preferentes". A pocos días de aquel varapalo financiero, y al entrar a la cocina para desayunar junto con mi esposa, me aconsejó:
       —Deberías de acompañar a tu madre.
       —Siempre lo hace sola —le contesté, sin darle más importancia.
       —Atracaron ayer a dos jubilados en la misma puerta del banco, a la mujer se la tuvieron que llevar los del SAMU. ¡Menudo sofoco pillo!
       Eran las ocho de la mañana, por tanto, desayuné con ella y me duché. Luego me acerqué a la casa de mi madre, que por suerte, con sus recién cumplidos noventa y tres años todavía se valía por sí sola. Era mitad de diciembre y por aquellas fechas, como aguinaldo, tenía por costumbre darnos una pequeña porción de su paga extra. La encontré en la acera cerrando la casa, ya que vivía a dos calles, en una planta baja. Me saludó extrañada y tras darle dos besos en sus flácidas mejillas, para evitar suspicacias, le dije:
       —He pensado en acompañarte al banco.
       —¿Y cómo sabes que voy al banco?
       —Me lo imagino, es viernes y mañana algunos cierran.
       —Te aseguro que este año saldréis a poco, con los recortes me hacen falta más de veinte euros al mes para medicamentos, la luz ha subido mucho.
       Caminamos lentamente al tener que ir del andador metálico que portaba de sus manos, poco antes de llegar, la escuché hablando para sí:
       —No sé porqué, cada vez que vengo al banco, me acuerdo del libro que te regaló tu hermana cuando tomaste la primera comunión: "Ali Baba y los cuarenta ladrones". Y ahora, tengo una cosa aquí que no me deja —se palpó el corazón y me miró tiernamente. Abrí la puerta para que entrara primero.
        Formamos parte de una larga cola, a expensas de la mirada escrutadora de un "segurata" que, cuando no atendía su Wassap, intimidaba a los que por allí pululaban. Por fin, nos llegó el turno de ventanilla. Mi madre me dijo la cantidad a extraer y entregó la libreta al joven que le atendió muy menesteroso, luego yo, por seguridad, guardé el dinero en mi bolsillo. Mi madre se acercó a la ventanilla y le sugirió una explicación de su dinero ahorrado, el muchacho le contestó que eso era cuestión de los que atendían al público en cada una de las mesas individuales y divididas con paneles. Esperamos de nuevo hasta que una joven de aspecto sencillo y derrochando simpatía, con ambivalencia nos invitó a sentarnos frente a ella, le entregué la cartilla y solemnemente aguardamos. No parecía tener interés por abreviar, a pesar de haber más damnificados que en cualquier oficina del INEM. Después de introducir los datos en el ordenador y estudiar la cuenta de referencia se dirigió a mi madre, yo permanecí atento para captar algo que ella no llegase a entender, sobre todo de la situación económica de sus ahorros.
       —¿Dígame señora, en que la puedo servir? —se inauguró la joven.
       —Quería saber la situación del millón y pico de pesetas que tengo en acciones del banco —le indicó mi madre, muy convencida.
       —Lo suponía, ahora son euros y le explicaré, de los siete mil euros…
       —Un millón largo de pesetas —le cortó mi madre, y aguardó mi aprobación con la mirada, cosa que hice sin más.
       —… eso es, permítame que continúe, ese dinero se le convirtió en acciones de este banco, que como ya sabe, ha cambiado de nombre, antes era Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valencia, y ahora es BANKIA. ¿Entendido?... Continuaré, de esos siete mil euros…
       —Un millón y algo de pesetas —insistió mi madre, con voz trémula.
       —… cierto, ahora tienen un valor de —miró la pantalla—… ciento y tres euros, según la última cotización en el mercado de valores.
       La muchacha se cruzo de brazos y quedo mirándonos como esperando a que nos diese un pasmo, cosa que no ocurrió. Permanecimos callados como quién admite una penitencia, la banquera al darse por entendida continuó su perorata:
       —Pueden hacer dos cosas, una, esperar a que las acciones suban, cosa tan difícil como que un pato baile el "la la la" de Shakira.
       —Un millón largo de pesetas es lo mío —continuó mi madre, picoteando la mesa con su dedo índice como un tacógrafo en servicio de urgencias.
       —… y dos: admitir el arbitraje dispuesto por la entidad bancaria. Tienen de plazo quince días, si no lo hace, tendrán que buscarse un buen abogado.
       Siempre creí que la necesidad de abogado, era un derecho reconocido que los policías ofrecían a los ladrones. Aquí era al revés, el banco continuaba con el dinero sin impunidad alguna. Al quedarnos sin habla, la chica nos miró de hito en hito y le permitimos continuar, cosa que por seguro tenía prevista ante la celeridad que indicó al tablero los datos para iniciar la propuesta embastada. Después de salir los papeles por la impresora, mi madre, resignada, los firmó estampando su dedo índice impregnado de tinta azul.
       Ya en la calle, se interesó por el dinero que me habían entregado en la caja, y como deseando mimetizarse en el aire, me aconsejó:
       —Guarda el dinero hasta que lleguemos a casa, no sea que nos atraquen.
       —Ayer aquí mismo robaron la paga a dos ancianos —le dije.
       Continuamos caminando hasta que nos detuvimos ante la luz roja del semáforo de un cruce para peatones y por verla aún turbada, añadí:
       —La radio ha dicho que la policía los detuvo, al cabo de una hora.
       —¿Y por qué no lo hace con los que me han robado el millón y pico de pesetas?
       —No es lo mismo.
       —¿Dónde está la diferencia?

3 comentarios:

MATISEL dijo...

Buen relato, tiene mucha fuerza, tanto que estoy dudando si es ficción o te ha sucedido de verdad. Lo malo es firmar el arbitraje con el banco en vez de denunciar, aunque después de desplumado cualquiera se paga un abogado. Pero ha habido muchas denuncias colectivas a través de asociaciones de consumidores: sale más barato.
Pobres abuelos y qué asco de buitres, que nunca van a la cárcel con lo ladrones que son. Cadena perpetua.

Un abrazo

Ruben Toran dijo...

Donde esta la diferencia...... en la forma de vestir de los autores

Rosa del Aire dijo...

Lo triste es que no se precisa imaginación, sino saber relatar una realidad que afecta a tantos. Y tú has sabido hacerlo. Lo malo es que no hay respuesta para la pregunta materna.
Un abrazo.