lunes, 29 de septiembre de 2014

El estreno cinematográfico


Reconozco que tras dos años de paro, la llamada telefónica que recibí hace una semana, me hizo sentir tan útil como lo estoy ahora, había repartido un centenar de currículos indicando mi titulación de aparejador, con cinco años de experiencia en el sector inmobiliario. Así que aquel mismo día ya tenía trabajo. Una entrevista privada y concreta, fue más que suficiente y al cabo de una hora me encontraba en el interior de un disfraz de canino, por la llegada a la ciudad del estreno de la película: Pancho, “el perro millonario”
Mi trabajo consiste en la entrega de invitaciones para verla a todos los niños que me muestran el “ticket” de compra superior a veinte euros en los un centro comercial. Hoy es sábado, habitualmente se cierra al público a las once. Necesito una hora para desmantelar el disfraz relleno de guata y la careta revestida de fieltro, que me hace pasar un calor insoportable, nada me gustaría más que apaciguarlo succionando agua de la mochila que llevo en mi pecho, aunque está tan seca como yo. Reconozco que admití el trabajo por la discreción, ya que es evidente que no me reconoce nadie y eso haría sentirme como mindundi, sin embargo, yo sí que puedo ver a través del interior de la boca, sin que se den cuenta de quién se encuentra en esta sauna andante.
Algunos niños suelen cogerme la cola para cerciorarse de que no es de pega, un muelle hace que se balancee sin control, apenas noto el tirón, realizo muecas de dolor abriendo y cerrando la boca con una cuerdecilla que llevo en la mano hasta que llego a mostrar las fauces, luego les estremezco con un extenso ladrido. Los padres ríen la representación y con su mirada agradecen la actuación. Así, entre posturas graciosas voy pasando la tarde que perece encenizada, no creo que llueva, si lo hace seguro que terminaremos antes que de costumbre, lo agradecería al darle una sorpresa a mi hijo. Evidentemente desconoce de mi nuevo trabajo, tiene ocho años y hoy es su cumpleaños, dos más que Alba, su hermanita.
De vez en cuando descanso en una réplica de un sillón de Luis XVI, como el perro de la película que vive como un rico, para tal menester, recojo mi cola con la mano izquierda, en la derecha de la butaca existe un ancho para que los pequeños descansen y sean fotografiados a mí lado
Pienso con mi familia, tras la sobremesa de la cena estarán a la espera de que llegue para hacer la entrega de los regalos al pequeño. Ahora son las nueve, discretamente preguntó a la dependienta de una tienda de chuchis por la hora (de vez en cuando sale a fumarse un cigarrillo), añade que es uno de los días que más se está recaudando, seguramente por ser principio del curso escolar. Llega una señora y saca del carro a su bebe y me lo entrega en mis brazos para que le acomode, lo dejo con el culo sedente en el reposabrazos. Con la mano izquierda le sujeto por las rodillas, con la derecha su espalda y le mantengo recto. El crío, que porta más atuendo que yo, arremete con su chupete sin dejar tranquilo el látex. Entre idas y venidas me mira sonriendo e intenta con el índice mostrarme a la madre, que con exagerada ambivalencia le sugiere sonría. De repente, me llega una extensa pestilencia a los nasales, reconozco ese olor; seguro que el niño ha dado suelta al intestino dejando el contenido en el trasero bien empaquetado, le someto un zarandeo para espantar el olor y recibo dos faxes que me deslumbran y aumenta mi tribulación.
Intento renovar con aire puro mis los pulmones y oigo una voz familiar al unísono, son mis dos hijos que llegan corriendo: la pequeña se lanza a mis brazos con los suyos abiertos. Sinuosamente, mi esposa al oído me desvela que no existe secreto alguno (saben quién soy), intento no mostrarme afligido, intento no emular sentimiento, intento tragar saliva tan cruda como la realidad en la que vivo, abrazo a mi hijo y le digo arrastrando cada palabra:
―¡Feliz cumpleaños!
—¡Gracias, papá!
—¿Te esperamos en casa para cenar? —pregunta mi esposa.
—Terminaré tarde…
—No importa —me corta la niña, que no atina con la mirada a mirarme—, mamá me ha dado permiso para acostarme a la hora que yo quiera.
—Y a mí también—apunta el primogénito.
Hubiese dado cualquier cosa con poder limpiarme las lágrimas que desprendían de mis ojos acristalados. Acudí a lo que hacía como rutina y les entregué dos invitaciones del bolsillo camuflado. Les dije zarandeando la cola:
—Cuando tenga libre vendremos a ver la peli.
—¡¡¡Qué guay!!! —saltó de alegría la pequeña.
—Guau, guau, guau—ladré para ellos.

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