martes, 19 de agosto de 2014

El hipócrita



Don Gustavo aguardaba enhiesto a su esposa en el tranquillo que daba a la calle, a ningún vecino le gustaba que la escalera oliese a tabaco. Por costumbre, cada domingo solía acudir al que fuera uno de los monasterios más importantes de Madrid, Los Jerónimos, una de la más bellas obras arquitectónicas de estilo gótico de la capital de España. Consultó su Rolex de pulsera y relamió el puro para luego acometer una calada, plagando con extensas volutas de humo la calle del maloliente.
Al llegar su esposa, que no le cabía ningún abalorio más, ya que, lucía oro hasta en los hilillos de las medias de seda natural. Acomodados en el vehículo blindado, el chófer les llevó hasta la misma puerta, apenas tres calles más allá. Don Gustavo bajó primero y como buen caballero, aguardó con el brazo encuadrado la llegada de la esposa. Caminaron con los de su misma alcurnia, que acudían pululando a escuchar el sermón de don Benítez del Pazo, clérigo de alta gama. El anclaje de su señora le hizo detener, por ver llegar a unos amigos, los marqueses de Uriela y Tiviela, al encuentro, enfilaron todos a la puerta principal, unidos con el mismo fin, engrandecer su apariencia ante los demás.
Tal cual las mujeres parloteaban, don Gustavo comenzaba a sentirse inquieto, algo le hacía ralentizar sus pasos, a pesar de los tirones de la esposa que, empecinada, parecía hacerlo de un mulo cargado hasta los topes.
—Gustavo ¿Qué te pasa? —insistió ella.
—No, no puede ser… ¿Dónde está el mendigo? —Preguntó su esposo.
Dos matrimonios se unieron a ellos para indagar, y al tiempo chismorrear.
—Igual ha decidido no venir —dijo uno al viento.
—¡No, no puede ser! —insistió don Gustavo, con la suela de sus zapatos pegada en los adoquines de la plaza y sin perder ojo a la majestuosa entrada.
Reiniciaron la marcha y al llegar al pórtico se detuvieron por sugerencia de él. Parecía confuso. De repente él mismo aflojó el nudo de su corbata, tenía la boca seca. Insistía su atolondramiento, los amigos se adentraron en el templo quedando a solas, su esposa no hacía otra cosa que intentar calmarle mostrando muecas de desazón. Por verle desquiciado insistió de nuevo:
—¿Se puede saber qué te pasa?
—¡No lo ves!  No está el mendigo, al que le doy mi limosna cada domingo. No podrá comer.
—¿Y qué? Cuando se enteren otro ocupará el lugar, los hay como las moscas. Y más con la crisis que estamos.
Entre la plebe acudieron al banco que tenían por costumbre. Todos los presentes aguardaban al clérigo con menos interés que a él. Que dudaba con sentarse para alivio de sus piernas, desistió por ver a la última mujer arrodillarse en el confesionario de madera labrada, se apresuró a ir adonde ella estaba. Poco duró la espera, apenas hincó sus rodillas en aquella especie de silla baja, fue atendido por quién regentaba el pequeño cuadrilátero; la voz almibarada salió por la ventanilla entablillada:
—En nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo…
—Ave María Purísima…
—Sin pecado concebido.
—Don Filiberto —dijo don Gustavo—, el mendigo, el mendigo no está en la puerta… No hay nadie. Esta vacía.
—No creo que eso sea pecado. Me refiero a que lo tenga usted que confesar. No existe penitencia para tal menester.
—Lo es, lo es, no está. Debería averiguar qué le ha pasado. Su ausencia me desespera enormemente, necesito saber de él.
—No puedo hacer nada. Abrevie, confiese si es lo que quiere, debo de comenzar la homilía… con el obispo.
—No puede, debemos encontrarle…
—¿Y cómo quiere que le encontremos?, ¿acaso tenemos alguna pista? Bastante hago con permitirle que ocupe la puerta, no sabe cuánto me cuesta mantenerle, y es más, hasta duerme en la pensión de Dolores, ¿Qué más quiere? Lo hicimos por usted ¿Acaso no lo recuerda?
—Hay que encontrarle, es preciso… ¡Urgente!
—¿Se puede saber a qué tanto empeño?, le recuerdo que está bajo secreto de confesión. Lo que no le impide decirme de una vez, a qué se debe tanta protección a ese nauseabundo, lleva más tiempo aquí que yo.
Hubo un silencio entre ambos.
Don Gustavo dubitativo perdió la mirada al centro de los feligreses, parecía buscar a quién le procurará la respuesta. El soplo de los tubos del órgano aumentó su encomienda y rendido, confesó con alarde:
—¡Es mi hermano!

—¡Por Dios!— El clérigo se santiguó.

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