lunes, 25 de agosto de 2014

Cuestión de cuernos


Frente a su casa, en la misma calle donde vivía, Eusebio intentaba introducir la llave en la cerradura de la puerta después de haber subido por las escaleras hasta el piso que alquiló la pasada semana, y en el que ahora entraba para cerciorarse de la visibilidad que le ofrecía el ventanal, cosa que no hizo cuando fue acompañado por el agente de la inmobiliaria. La cuestión: pillar a su esposa con el amante, que ejercía como el presidente de la comunidad y vecino de rellano.
En la ventana, un par de cortinas se encargaban de filtrar los rayos solares de aquella mañana de verano. De la mochila, sacó un trípode y desplegó en cada pata los elastómeros de aluminio, quedando la máquina dispuesta. La visión de su comedor y dormitorio era perfecta, ya que las dos viviendas estaban a la misma altura, sólo quedaba regular el teleobjetivo y conseguir la imagen perfecta. Consultó la hora. Le quedaba el tiempo justo. Dejó al lado un butacón para comodidad de la mujer que debería filmar, y que no era otra que su cuñada.
Días después, paseaba por el comedor de su casa como un gallo de corral, de atisbo, captó la lucecilla roja que indicaba la actividad de la cámara. La hora acordada para la prueba de filmación había pasado y no parecía ver a nadie. Poco le quedaba para coger el autobús que le acercaría a la factoría en donde trabaja durante el turno tarde. Pleno de nervios, intentó despedirse de su esposa, y lo hizo cuando recibió el bocadillo envuelto en papel de aluminio.
Al salir de casa, a lo lejos reconoció a la cuñada, que se acercaba por la bocacalle. Siendo descubierto por ella y, como un mimo de circo, le mostró su reloj añadiendo queja con ambivalencia. Ella ni se inmutó, ya que poco le importaba aquella estrategia embastada para que su hermana le concediera el divorcio. Eusebio, cruzó la calle como quien lo hace bajo un torrencial, acertó en la cerradura consiguiendo abrir la puerta. Subieron los dos en el ascensor, por sugerencia de él, acudieron hasta colocar ella su ojo en el objetivo de la cámara. Al poco se despidieron con besos de periquito. Ella quedó dispuesta a gravar. Ya que según él, le ponía los cuernos cuando acudía al trabajo, sobre todo los lunes. Y ese era el día.
Así pasó toda la semana hasta que llegó el domingo, por costumbre, Eusebio y su esposa solían darse un paseo por la orilla del mar. Él no apreciaba interés por parte de ella, ya que ni siquiera había preparado la bolsa con la toalla y el bronceador. No obstante, solían marchar después de desayunar. Por verla deambular como una bola de billar, sin acertar carambola, se decidió y como un saltimbanqui se atrevió a cortarle el paso en el pasillo:
—¿Qué te pasa? No veo que tengas ganas de ir a la playa.
La mujer no le respondió, por lo que intuyó que mantenía alguna quimera. Por ello, se tomó un tiempo para reflexionar asomado a la ventana, donde sólo veía un reflejo sobre el teleobjetivo de la cámara que él mismo había instalado. Al verla regresar de la cocina, arremetió con otro envite, y lo hizo atrapándola por la cintura, sin apenas dejarle holgura.
—Anda dime… qué te pasa —su tono resultó meloso.
Ella le miró fingiendo contrariedad, más pronto que tarde le debería responder, así que lo hizo de la única forma que podía:
—Quiero que observes una cosa —le espetó.
Fue llevado de su mano y quedó frente al televisor por disposición de ella, que al pronto conectó la cámara digital de fotografiar en la entrada del USB. Asió el mando a distancia y quedó junto a él, poco tardaron en aparecer las imágenes de él con su amante, desnudos en el butacón del comedor que él mismo dejó. La filmación podría permanecer más tiempo, pero ella no le permitió al conocer el final. Con un pañuelo sonó su nariz bruñida, y cuando recuperó la libre disposición de los nasales, añadió con tono despectivo:
—No tienes vergüenza, delante de nuestra propia casa.
—Te lo puedo explicar…
—¿Qué me quieres explicar? Si lo que necesitas es la separación, sólo tenías que haberla pedido. De sobra sabes que me entiendo con Fabián, el vecino. ¿Acaso no te has dado cuenta?
—Eso es lo que yo quería demostrar…
—¡Pues te jodes! Que la que te ha pillado jodiendo he sido yo.
—Encima de cuernos… penitencia.

—Para el poco cirio que tienes, te sobra procesión.

1 comentario:

Mariló Jiménez dijo...

como siempre tus historias sorprenden gratamente. En este caso el cazador cazado.